Lo que mi cuerpo posparto me ha enseñado sobre la indulgencia y la aceptación



La pregunta se ha convertido casi en un ritual: ¿has cogido mucho peso/muchos kilos durante tu embarazo? Yo no. De hecho, perdí 10. Sí, formo parte de esas mujeres que pierden peso durante el embarazo. En general, la gente me responde: ¡qué suerte! Perder peso cuando tienes demasiado —y además siendo involuntario, sin esfuerzo— te convierte en una bella persona. La que no se deja llevar, la que tiene voluntad, la que se cuida. Y podría seguir.

Ni siquiera tratamos de saber si esa pérdida de peso es consecuencia de una enfermedad o de haber maltratado a tu cuerpo. Como has adelgazado, se da por hecho que es algo bueno.

En resumen: cuando estoy embarazada, adelgazo, adelgazo mucho (13 kilos en mi primer embarazo). No tengo ninguna patología asociada al embarazo, pero sufro todos los males relacionados. Cuando estoy embarazada estoy demasiado ocupada preguntándome si voy a conseguir beber un vaso de agua sin vomitar mis entrañas como para alegrarme de perder mis kilos de más. Vivo al día con la poca energía que me dejan mis bebés en gestación.

Desde un punto de vista médico, esto me impide desarrollar diabetes gestacional, una patología que asociamos casi de forma automática a las mujeres embarazadas que engordan mucho. Sin embargo, detrás de las palabras “sobrepeso” u “obesidad” se esconden realidades e historiales de salud tan dispares que no comprendo por qué los médicos que están en contacto con personas como yo siguen difundiendo estas generalidades. Ay, sí, la gordofobia, que no desaparece ni en los embarazos.

Durante mis embarazos pierdo mucho peso porque desarrollo una aversión al azúcar. No soporto los alimentos que contienen azúcares añadidos y en mi último embarazo hasta la fruta me resultaba insoportable.

Al día siguiente del parto esa aversión desaparece y vuelve mi apetito por lo dulce. Con las noches en blanco y el ritmo de locos que hay que llevar sin flaquear, las golosinas dulces se convierten en mis mejores amigas. Es psicológico; un verdadero refugio que se transforma rápidamente en adicción, ya que el azúcar es una droga. Los que me siguen en redes sociales saben que he tenido que desintoxicarme del azúcar para lograr un consumo más razonable.

Pero entre el sedentarismo, la fatiga física y la fragilidad psicológica, la alimentación se hace cada vez más anárquica y los kilos se instalan en quienes tienen tendencia a coger peso.

“Pero, dando el pecho, lo normal es adelgazar”. Sí, lo normal. Si comes de forma razonable. No si haces que explote el contador de calorías en una merienda. Tampoco la lactancia hace que engordes, sino los hábitos alimentarios y el estilo de vida durante ese período. Qué difícil es el posparto, que lo condiciona todo.

No somos iguales a la hora de engordar o adelgazar y la comparación es una condena.

No obstante, hay mujeres que queman absolutamente todo en un tiempo récord, hasta los excesos, sin cambiar nada en su alimentación y picando entre horas lo mismo que el resto. Así es la vida. No somos iguales a la hora de engordar o adelgazar y la comparación es una condena. En cambio, las consecuencias saludables de una alimentación anárquica pueden observarse en todo tipo de mujeres, no sólo en las gordas.

Sin embargo, dado que tener una talla superior a la “normal” es malo para la salud y para la vista, una mujer delgada que se alimenta de comida basura da la impresión de ser cool y sin complejos, mientras que una gorda podrá ser calificada de tragona suicida. El “peso” de la mirada de los demás es casi tan destructivo como las grasas saturadas. El fatshaming (humillar a una persona por su sobrepeso) suele ser tal que a muchas personas les cuesta ser benevolentes consigo mismas.

No sé si el hecho de haber engordado y de haber salido de la norma siendo adulta me ha “preservado”, de algún modo, de este desprecio permanente, pero hay algo que está claro: cuando engordas, ser benevolente con uno mismo es un verdadero reto.

Como la delgadez es la norma estética de referencia casi en todas partes del planeta, todas las personas que se alejan de esa norma tienen que dedicar una gran parte de su energía a tratar de entrar en ese estándar.

La semana pasada, cuando iba a hacer la compra, me crucé con una vecina que acababa de dar a luz. Me decía que estaba buscando unas bebidas que le quitaran la tripa. Su bebé ni siquiera tiene un mes. Durante nueve meses ha sido testigo del milagro de la vida y no es capaz de darse un tiempo para recuperarse.

Cuando los medios y las redes sociales sacan a mujeres desnudas en portada por haber recuperado la silueta tras el parto en un tiempo récord, es difícil no pensar que algo hemos hecho mal o que no estamos haciendo las cosas como deberíamos. A mis 37 años tengo algo de experiencia y sé que no hay nada inmutable. Pero también pienso en las mujeres más jóvenes que viven un primer embarazo y que se ponen demasiada presión.

En ocho meses recuperé el peso que había perdido durante el embarazo con un extra de cinco kilos. Frente a esa realidad tenía varias opciones: 1) convertir el adelgazar en una obsesión y dejar en segundo plano a este bebé con intensas necesidades (ya os hablaré de ello) que me hace llorar de agotamiento tras una jornada completa en que me ocupo yo sola de él. Si a eso le añadís la existencia de mi hija mayor que vuelve ahora al jardín de infancia y cuyas necesidades afectivas se multiplican con la llegada del bebé, tendréis un cóctel explosivo. ¿De verdad que es necesario ponerse más presión?

A lo largo de estos años en los que he aprendido a hacer las paces con mi cuerpo, también he aprendido otra cosa: el cuerpo y la mente son sólo uno. La comida refugio es señal de que mi mente no está tranquila y de que hay que darse tiempo y espacio para recuperar la paz interior. El tiempo y el espacio, con una mudanza en febrero y sus cajas correspondientes sin deshacer… para qué deciros que estas dos palabras me suenan como un viaje romántico a la otra punta del mundo. ¡Ay!

Y 2) aceptar lo que no puedo cambiar de forma inmediata, sin cubrirme o envolverme para esconder estas nuevas formas que la sociedad no debería ver. Vestir con sus mejores galas este cuerpo maternal, que me demuestra cada día que es mi aliado. Así que hay momentos en los que la cohabitación con este nuevo cuerpo es más difícil. Hay fotos en las que estas mejillas rellenas y este vientre que ha olvidado cómo ser plano me desagradan mucho más. Pero es natural. La autoestima no equivale necesariamente al amor propio. En cualquier caso, no todos los días. Además, no sólo somos un envoltorio de carne.

Me sienta bien escribirlo porque ha habido momentos en los que no me reconocía en las fotos, hasta el punto de que pensé dejar de proponeros looks (como hago en mi blog). Pero después de reflexionarlo, me pareció triste. Tenía la impresión de privarme de algo que me gusta y que me sienta bien —expresarme a través de la ropa— sólo por una cuestión de peso. Como si hubiera un umbral de kilos de más a partir del cual está mal visto quererse.

Siempre deberíamos querernos incondicionalmente y hacer lo que nos siente bien.

Cada cosa a su tiempo.

Ahora que voy a clases de rehabilitación del suelo pélvico, estoy deseando que empiece un nuevo capítulo de asistencia materna para crearme una nueva dinámica.

No dudéis en enriquecer esta conversación con vuestras experiencias en los comentarios. Siempre me han gustado estos intercambios, aunque ahora tengo menos capacidad de respuesta que en el pasado. ¡Eso también volverá!

Este post se publicó con anterioridad en el ‘HuffPost’ Francia y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

Este artículo también se ha publicado en el blog Best Of D.

(el nombre de usuario del autor ha sido modificado)



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