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Incitación al racismo y al odio, apoyo a grupo terrorista, posesión de material propagandístico de un grupo terrorista, obstrucción a la labor policial, desobediencia a una orden judicial, insulto a un funcionario público, participación en una reunión ilegal, participación en un disturbio y daños a la propiedad. Esta lista de delitos probados, con su correspondiente condena (hasta 13) es que arrastra Itamar Ben-Gvir, la otrora joven pesadilla de seguridad del extremismo judío que hoy es todo un ministro de Seguridad de Israel. El hombre que fue rechazado de la escena política nacional, hasta el punto de que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, se negaba a subirse al mismo escenario que él o a hacerse fotos juntos, es hoy una de las figuras más poderosas del país. Con sus siete diputados de Poder Judío, es una muleta esencial para que el Likud de Bibi se mantenga al mando, junto a otro radical de categoría, el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, 14 diputados). Por eso, da igual cuánto se pase de la raya. Sobrevive siempre. Porque su jefe también lo necesita para respirar, esto es, para eludir la acción de la justicia que lo investiga por tres casos de supuesta corrupción. La última de Ben-Gvir ha sido su llamada del domingo al asesinato de entre «30 y 40 personas» cada noche en Gaza, como reclamó en un podcast elaborado con Rom Braslavski, que fuera rehén de Hamás en la franja palestina. Echó mano, como de costumbre, a su retórica deshumanizadora: «Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No sólo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas», dijo.
«Deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No sólo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas»El ministro es un convencido del derecho bíblico del pueblo judío sobre Palestina, de la superioridad de los suyos sobre otras nacionalidades y confesiones y de la necesidad de recuperar el llamado Gran Israel, la tierra de las Sagradas Escrituras que supera las fronteras actuales de su país, que se extiende a parte de Líbano, Egipto, Jordania y Siria. Defiende la toma de territorios que no son suyos en Cisjordania, en Gaza, en el este de Jerusalén, en el sur de Siria y en el sur de Líbano, donde su ejército es ocupante en estos momentos, pero le sabe a poco. Los árabes o palestinos, a los que llama exclusivamente «terroristas», deben ser expulsados. Cuando llegó al cargo, forzado por Netanyahu y su gente, se intentó mostrar un poco más moderado, más asumible, y hasta dijo entonces que no pensaba que todos los palestinos debieran «morir». Pero tras los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, su retórica se ha disparado, sin máscara, encontrando el aplauso de no pocos ciudadanos y de buena parte del Ejército y la Policía, a la que manda y en la que se le ha permitido incluso crear una especie de cuerpo paralelo, la Guardia Nacional, de unos 2.000 agentes encargados de prevenir «el terrorismo y crímenes nacionalistas», de garantizar la seguridad en ciudades donde residen tanto judíos como árabes y de combatir el crimen organizado en las ciudades árabes, decía la nota de prensa del Gobierno israelí.
El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, marcha por el barrio musulmán de la Ciudad Vieja amurallada de Jerusalén, el 26 de mayo de 2025.Eyal Warshavsky / SOPA Images / LightRocket via Getty Images
Vetado del Ejército por delincuenteLas maneras y deseos de Ben-Gvir no son nuevos. Es un viejo conocido de los israelíes, donde es un personaje muy conocido, incluso desde antes de dedicarse a la política. Que en 2019 fuese a participar como concursante en Gran Hermano VIP da la medida de su fama. El adelanto electoral impidió su concurrencia. Sus actos y sus palabras lo han llevado a cosechar un importante saco de condenas penales, aunque ahora se sancione a policías por llamarlo «criminal convicto», cuando es lo que es. Ben-Gvir fue declarado culpable de 13 delitos; admitió haber cometido otros dos, pero el tribunal se abstuvo de condenarlo, detalla el diario Haaretz. Recibió hasta 50 denuncias. También cuenta a sus espaldas con 79 infracciones de tráfico (muchas por circular por carreteras no permitidas), más una violación de la ley de propaganda electoral, que han llevado a la Fiscalía hasta a pedir su marcha. Esos antecedentes, ya abultados de joven, son los que llevaron a que las autoridades israelíes le prohibieran realizar el servicio militar obligatorio recién pasada la adolescencia, al considerar que sus ideas eran demasiado extremas. Ben-Gvir se hizo famoso de chaval como seguidor del difunto rabino radical Meir Kahane, un señor que afirmaba que «la idea de un Estado judío democrático es un disparate» y que había que ejecutar el «traslado total e inmediato de los árabes» para impedir un vuelco demográfico en la zona. Llamaba «perros» a los palestinos, directamente. Su partido, el Kach -de cuyas juventudes fue líder el ministro- fue ilegalizado en 1988; antes de eso, cuando sus diputados intervenían en la Knesset, los demás se marchaban. Fue asesinado en Nueva York en 1990, a manos de un egipcio-norteamericano. Ben-Gvir dice de él que fue un «santo». Uno de sus seguidores, en 1994, perpetró un atentado en Hebrón (Cisjordania) que mató a 29 palestinos e hirió a 125 mientras rezaban en la Mezquita Ibrahimi (o Tumba de los Patriarcas para los judíos). Baruch Goldstein, que es como se llamaba el terrorista, ha presidido hasta hace poco el salón de la casa de Ben-Gvir, en una foto enorme, retirada para dar imagen de moderación al llegar al gabinete. Lo cierto es que el ministro seguía a pies juntillas a Kahane cuando se convirtió en una figura conocida a nivel nacional por primera vez. ¿Su mérito? En 1995, con 19 años, rompió el adorno del capó del Cadillac del entonces primer ministro, el laborista Isaac Rabin. «Hemos llegado hasta su coche y también llegaremos hasta él», dijo ante las cámaras, envalentonado. Apenas unas semanas después, Rabin fuera asesinado en Tel Aviv por un extremista judío opuesto a sus esfuerzos de paz con los palestinos. El atacante, Yigal Amir, dijo en unas confusas declaraciones posteriores -nunca verificadas- que Ben-Gvir también tenía deseos de matar al político, premio Nobel de la Paz por sus negociaciones con Yasser Arafat.
«Hemos llegado hasta su coche y también llegaremos hasta él»Itamar Ben-Gvir, tras atacar el coche de Isaac RabinDos años más tarde, Ben-Gvir se responsabilizó de orquestar una campaña de protestas contra el proceso de paz, entonces con los Acuerdos de Oslo esperanzando al mundo. Incluyó amenazas de muerte a diversos activistas y dirigentes y hasta obligó a la cantante irlandesa Sinead O’Connor a cancelar un concierto por la paz en Jerusalén. Dice estar «orgulloso» de aquellos años, en los que también empezó a crear la rama más radical de aficionados del Beitar Jerusalén, un equipo ultra donde los haya. Ben-Gvir tardó en decidir su carrera pero, al fin, estudió Derecho y se convirtió en el abogado de las causas más duras de los colonos o acusados de su partido amigo. «Su lista de clientes es el quién es quién de los sospechosos de terrorismo y crimen de odio judíos», escribía el mismo diario progresista. Entre los más destacados, los que mataron a un padre, a una madre y a su bebé de 18 años, quemando su casa. Colono él mismo -vive en Kiryat Arba, en la Cisjordania ocupada-, era la referencia para la prensa sobre el terreno cuando se quería hablar con jóvenes de los que fundan los puestos de avanzada, las primeras precarias chabolas que luego se convierten en asentamientos.
Personal de seguridad trata de impedir que el diputado Itamar Ben-Gvir muestre carteles con la palabra «vergüenza» ante la votación de Naftali Bennett como primer ministro, en junio de 2021.Ilia Yefimovich / picture alliance via Getty Images
Su odio imparable»El ascenso político de Ben-Gvir fue la culminación de años de esfuerzos por parte de este hábil legislador para ganar legitimidad. Pero también reflejó un giro a la derecha en el electorado israelí que introdujo su ideología religiosa y ultranacionalista en la corriente principal y disminuyó las esperanzas de independencia palestina», recuerda AP. Destaca la agencia su agudeza mental y su carácter jovial, que lo convirtieron en un personaje atractivo para los medios. Dice de él Le Monde: «Se pasea por ahí sonriendo, con la mirada fija en la cámara. No le falta humor. Es violento. Es homófobo y antiliberal y antidemocrático. Cree en la supremacía de la ley divina y del pueblo judío». Poco a poco, este hijo de una miliciana del Irgún que cometía atentados contra los soldados del Mandato Británico y radicalizado en las Intifadas, se convirtió en una figura popular en los medios de comunicación, lo que le abrió las puertas a la política. No sólo lleva su partido, sino que «el más inteligente de los discípulos de Kahane», como se le conoce, ha creado una rama financiera influyente, el Fondo para Salvar al Pueblo de Israel, y otra de lucha social y jurídica, Lehava, que se opone, por ejemplo, a los matrimonios mixtos, con un componente no judío. Ya no es un paria. Fue elegido diputado por primera vez en 2021. Ese año, el jefe de la Policía, Kobi Shabtai, lo acusó de ser «el responsable de la Intifada», ante las protestas palestinas en Jerusalén Este por su visita a la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo para los judíos), acción que ha repetido en estos años con total impunidad. Desde entonces, sus declaraciones han sido una consecución de llamamientos al odio o, directamente, de la ejecución de crímenes de guerra contra los palestinos, más tarde los libaneses o los iraníes, en función de los frentes que abra Israel. «Todos deberían arder», repite. El derecho internacional deja claro que se pasa toda línea roja si se busca aniquilar a ciudadanos, a civiles desarmados, con la excusa de que todos serán «terroristas» en el futuro. Lo ha denunciado Naciones Unidas en varios de sus informes de situación. Explica, por ejemplo, cómo se hace fotos con los restos de viviendas palestinas, demoliciones que él mismo ha ordenado y son igualmente delito, porque obligan al desplazamiento forzoso de población inocente, y sus declaraciones sobre comer más terreno a palestina «y romper el statu quo». También recuerda cómo cuando, extrañamente, se ha sancionado a algún policía o soldado por sobrepasarse con un palestino, él sale al paso siempre a defenderlo. «Hizo lo que debía hacer», «sus jefes habrían hecho mejor en arroparlo», dice. Ben-Gvir ha pedido hasta deportación de sus opositores políticos, sobre todo de los partidos árabes (como lo es el 21% de la población del país) pero también de izquierdistas que, a su entender, «no son israelíes». Viaja con las ventanillas bajadas por los asentamientos, «para demostrar quién es el jefe» y afirma cosas como que el derecho de su familia a circular por las carreteras de Cisjordania ocupada es más importante que el derecho de movimiento de los palestinos. «Mi derecho, el de mi esposa y el de mis hijos a circular por Judea y Samaria es superior al derecho de los árabes», dice expresamente. En un incidente ocurrido en 2022, blandió una pistola e incitó a la policía a abrir fuego contra los palestinos que lanzaban piedras en un barrio conflictivo de Jerusalén. También ha entregado huevos y piedras para que se les tiren a los participantes en las marchas del Orgullo LGTBI en Jerusalén, porque tiene odio para aburrir, que se extiende a los homosexuales, los wokes o los no practicantes. De más joven, participó en escraches contra actores o músicos locales que defendían el proceso de paz con Palestina.En su cargo, Ben-Gvir supervisa a la policía del país, a la que ha alentado a a adoptar una postura firme contra los manifestantes antigubernamentales, sean los que rechazan la reforma judicial de Neyanyahu, sean las familias de los rehenes de Hamás en Gaza que reclaman claridad en las investigaciones del 7-O. «Me he dedicado a salvar a Israel”, defiende por su lado. Por ejemplo, fomentando la distribución masiva de pistolas a ciudadanos judíos, colonos ilegales en el este de Jerusalén y en Cisjordania, que las están usando de forma indiscriminada de forma ofensiva, no defensiva, sin consecuencias judiciales hasta el momento. Las unidades de policía fronteriza que operan en Cisjordania están bajo su mando. Nada que mirar. Durante el genocidio de Gaza, Ben-Gvir se opuso repetidamente a la entrada de ayuda humanitaria en el territorio, incluso cuando los expertos advertían de una hambruna inminente que finalmente fue, claro que fue, y movió por primera vez a los Gobiernos occidentales para buscar un acuerdo de paz. Por supuesto, en la franja quiere que vuelvan los colonos, que salieron de allí en 2005. «Es hora de volver a casa», resume. Toca recordar que, según la ONU, los 700.000 israelíes que ya viven en Jerusalén Este y Cisjordania lo hacen de manera ilegal y que «volver» es ocupar, un delito. Las presiones de Ben-Gvir, como las de Bezalel Smotrichm, han hecho que Netanyahu retrase mucho su adhesión a las hojas de ruta planteadas para Gaza por EEUU o se comprometa con ellas de forma parcial, porque los radicales quieren borrar la franja con la guerra o sacar a su gente a base de ocupación. La negativa de aceptar la nueva fase del proceso de paz, tras la promesa de Hamás de desarmarse, tiene mucho que ver con esta presión. Para el ministro de Pode Judío, «negociar es ceder porque esa tierra tiene dueño» y, entiende, es el Gobierno de Tel Aviv. No le duelen prendas en recordárselo hasta al presidente norteamericano, Donald Trump. «No nos da órdenes nadie». Una de sus mayores polémicas data de primavera, cuando se grabó jocosamente con los activistas de la Flotilla de la Libertad a Gaza, detenidos por la Armada en aguas internacionales cuando trataban de llevar ayuda humanitaria. Se lo veía burlándose de los detenidos, con la cabeza baja y con las manos atadas a la espalda. Sus acciones provocaron una crítica poco habitual del primer ministro, Netanyahu, que afirmó que no están «en línea con los valores de Israel».El ministro también supervisa el servicio penitenciario y suya ha sido la idea de colocar un foso con cocodrilos del Nilo alrededor de la prisión de Ketziot, en el centro del país, contra los presos palestinos. «Cualquiera que haya asesinado, masacrado y violado y se haya comportado como un animal merece ser custodiado por un animal exactamente igual», justificó. El proyecto ha sido paralizado por un juez, pero no porque se violen los derechos humanos de los reclusos, sino por una cuestión de bienestar animal de los reptiles. Suya ha sido también la nueva ley a la que ha dado luz verde el Parlamento y que establece la pena de muerte en la horca como sentencia por defecto para los palestinos condenados en tribunales militares por ataques mortales con motivaciones «terroristas». Un «abismo moral», dicen las ONG israelíes. Él, lejos de amilanarse, ha publicado en redes sociales fotos con las horcas y los cadalsos preparados. Que también haya bajado la dosis de calorías que aporta a los presos palestinos en cada comida va en consonancia con lo anterior, claro. Dada su trayectoria y dado su presente, Ben-Gvir se ha ganado la animadversión del mundo. Fue uno de los dos ministros israelíes sancionados por España, Reino Unido, Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Noruega por supuestamente «incitar a la violencia extremista» contra los palestinos en Cisjordania. Nuestro país, más Francia y los Países Bajos, le han prohibido la entrada al país, directamente.
La New Yorker lo llama, visto el panorama, «el ministro del caos». «Es una amenaza más inminente para Israel que un Irán con armas nucleares», remacha el que fuera primer ministro, Ehud Olmert. Para los aliados de Netanyahu, entienden que fue un caballo de Troya, al reducir en apariencia su radicalismo para que lo aceptaran como socio, pero sigue pensando como siempre ha pensado. Ahora, además, tiene la capacidad de hacer y de callar la boca a los policías que antes se le ponían quejicas.
Incitación al racismo y al odio, apoyo a grupo terrorista, posesión de material propagandístico de un grupo terrorista, obstrucción a la labor policial, desobediencia a una orden judicial, insulto a un funcionario público, participación en una reunión ilegal, participación en un disturbio y daños a la propiedad. Esta lista de delitos probados, con su correspondiente condena (hasta 13) es que arrastra Itamar Ben-Gvir, la otrora joven pesadilla de seguridad del extremismo judío que hoy es todo un ministro de Seguridad de Israel.
El hombre que fue rechazado de la escena política nacional, hasta el punto de que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, se negaba a subirse al mismo escenario que él o a hacerse fotos juntos, es hoy una de las figuras más poderosas del país. Con sus siete diputados de Poder Judío, es una muleta esencial para que el Likud de Bibi se mantenga al mando, junto a otro radical de categoría, el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, 14 diputados). Por eso, da igual cuánto se pase de la raya. Sobrevive siempre. Porque su jefe también lo necesita para respirar, esto es, para eludir la acción de la justicia que lo investiga por tres casos de supuesta corrupción.
La última de Ben-Gvir ha sido su llamada del domingo al asesinato de entre «30 y 40 personas» cada noche en Gaza, como reclamó en un podcast elaborado con Rom Braslavski, que fuera rehén de Hamás en la franja palestina. Echó mano, como de costumbre, a su retórica deshumanizadora: «Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No sólo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas», dijo.
«Deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche. No sólo a quienes representan una amenaza inmediata; hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas»
El ministro es un convencido del derecho bíblico del pueblo judío sobre Palestina, de la superioridad de los suyos sobre otras nacionalidades y confesiones y de la necesidad de recuperar el llamado Gran Israel, la tierra de las Sagradas Escrituras que supera las fronteras actuales de su país, que se extiende a parte de Líbano, Egipto, Jordania y Siria. Defiende la toma de territorios que no son suyos en Cisjordania, en Gaza, en el este de Jerusalén, en el sur de Siria y en el sur de Líbano, donde su ejército es ocupante en estos momentos, pero le sabe a poco. Los árabes o palestinos, a los que llama exclusivamente «terroristas», deben ser expulsados.
Cuando llegó al cargo, forzado por Netanyahu y su gente, se intentó mostrar un poco más moderado, más asumible, y hasta dijo entonces que no pensaba que todos los palestinos debieran «morir». Pero tras los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, su retórica se ha disparado, sin máscara, encontrando el aplauso de no pocos ciudadanos y de buena parte del Ejército y la Policía, a la que manda y en la que se le ha permitido incluso crear una especie de cuerpo paralelo, la Guardia Nacional, de unos 2.000 agentes encargados de prevenir «el terrorismo y crímenes nacionalistas», de garantizar la seguridad en ciudades donde residen tanto judíos como árabes y de combatir el crimen organizado en las ciudades árabes, decía la nota de prensa del Gobierno israelí.

El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, marcha por el barrio musulmán de la Ciudad Vieja amurallada de Jerusalén, el 26 de mayo de 2025.
Vetado del Ejército por delincuente
Las maneras y deseos de Ben-Gvir no son nuevos. Es un viejo conocido de los israelíes, donde es un personaje muy conocido, incluso desde antes de dedicarse a la política. Que en 2019 fuese a participar como concursante en Gran Hermano VIP da la medida de su fama. El adelanto electoral impidió su concurrencia.
Sus actos y sus palabras lo han llevado a cosechar un importante saco de condenas penales, aunque ahora se sancione a policías por llamarlo «criminal convicto», cuando es lo que es. Ben-Gvir fue declarado culpable de 13 delitos; admitió haber cometido otros dos, pero el tribunal se abstuvo de condenarlo, detalla el diario Haaretz. Recibió hasta 50 denuncias. También cuenta a sus espaldas con 79 infracciones de tráfico (muchas por circular por carreteras no permitidas), más una violación de la ley de propaganda electoral, que han llevado a la Fiscalía hasta a pedir su marcha.
Esos antecedentes, ya abultados de joven, son los que llevaron a que las autoridades israelíes le prohibieran realizar el servicio militar obligatorio recién pasada la adolescencia, al considerar que sus ideas eran demasiado extremas.
Ben-Gvir se hizo famoso de chaval como seguidor del difunto rabino radical Meir Kahane, un señor que afirmaba que «la idea de un Estado judío democrático es un disparate» y que había que ejecutar el «traslado total e inmediato de los árabes» para impedir un vuelco demográfico en la zona. Llamaba «perros» a los palestinos, directamente. Su partido, el Kach -de cuyas juventudes fue líder el ministro- fue ilegalizado en 1988; antes de eso, cuando sus diputados intervenían en la Knesset, los demás se marchaban. Fue asesinado en Nueva York en 1990, a manos de un egipcio-norteamericano. Ben-Gvir dice de él que fue un «santo».
Uno de sus seguidores, en 1994, perpetró un atentado en Hebrón (Cisjordania) que mató a 29 palestinos e hirió a 125 mientras rezaban en la Mezquita Ibrahimi (o Tumba de los Patriarcas para los judíos). Baruch Goldstein, que es como se llamaba el terrorista, ha presidido hasta hace poco el salón de la casa de Ben-Gvir, en una foto enorme, retirada para dar imagen de moderación al llegar al gabinete.
Lo cierto es que el ministro seguía a pies juntillas a Kahane cuando se convirtió en una figura conocida a nivel nacional por primera vez. ¿Su mérito? En 1995, con 19 años, rompió el adorno del capó del Cadillac del entonces primer ministro, el laborista Isaac Rabin. «Hemos llegado hasta su coche y también llegaremos hasta él», dijo ante las cámaras, envalentonado. Apenas unas semanas después, Rabin fuera asesinado en Tel Aviv por un extremista judío opuesto a sus esfuerzos de paz con los palestinos. El atacante, Yigal Amir, dijo en unas confusas declaraciones posteriores -nunca verificadas- que Ben-Gvir también tenía deseos de matar al político, premio Nobel de la Paz por sus negociaciones con Yasser Arafat.
«Hemos llegado hasta su coche y también llegaremos hasta él»
Itamar Ben-Gvir, tras atacar el coche de Isaac Rabin
Dos años más tarde, Ben-Gvir se responsabilizó de orquestar una campaña de protestas contra el proceso de paz, entonces con los Acuerdos de Oslo esperanzando al mundo. Incluyó amenazas de muerte a diversos activistas y dirigentes y hasta obligó a la cantante irlandesa Sinead O’Connor a cancelar un concierto por la paz en Jerusalén. Dice estar «orgulloso» de aquellos años, en los que también empezó a crear la rama más radical de aficionados del Beitar Jerusalén, un equipo ultra donde los haya.
Ben-Gvir tardó en decidir su carrera pero, al fin, estudió Derecho y se convirtió en el abogado de las causas más duras de los colonos o acusados de su partido amigo. «Su lista de clientes es el quién es quién de los sospechosos de terrorismo y crimen de odio judíos», escribía el mismo diario progresista. Entre los más destacados, los que mataron a un padre, a una madre y a su bebé de 18 años, quemando su casa.
Colono él mismo -vive en Kiryat Arba, en la Cisjordania ocupada-, era la referencia para la prensa sobre el terreno cuando se quería hablar con jóvenes de los que fundan los puestos de avanzada, las primeras precarias chabolas que luego se convierten en asentamientos.

Personal de seguridad trata de impedir que el diputado Itamar Ben-Gvir muestre carteles con la palabra «vergüenza» ante la votación de Naftali Bennett como primer ministro, en junio de 2021.
Su odio imparable
«El ascenso político de Ben-Gvir fue la culminación de años de esfuerzos por parte de este hábil legislador para ganar legitimidad. Pero también reflejó un giro a la derecha en el electorado israelí que introdujo su ideología religiosa y ultranacionalista en la corriente principal y disminuyó las esperanzas de independencia palestina», recuerda AP. Destaca la agencia su agudeza mental y su carácter jovial, que lo convirtieron en un personaje atractivo para los medios. Dice de él Le Monde: «Se pasea por ahí sonriendo, con la mirada fija en la cámara. No le falta humor. Es violento. Es homófobo y antiliberal y antidemocrático. Cree en la supremacía de la ley divina y del pueblo judío».
Poco a poco, este hijo de una miliciana del Irgún que cometía atentados contra los soldados del Mandato Británico y radicalizado en las Intifadas, se convirtió en una figura popular en los medios de comunicación, lo que le abrió las puertas a la política. No sólo lleva su partido, sino que «el más inteligente de los discípulos de Kahane», como se le conoce, ha creado una rama financiera influyente, el Fondo para Salvar al Pueblo de Israel, y otra de lucha social y jurídica, Lehava, que se opone, por ejemplo, a los matrimonios mixtos, con un componente no judío. Ya no es un paria.
Fue elegido diputado por primera vez en 2021. Ese año, el jefe de la Policía, Kobi Shabtai, lo acusó de ser «el responsable de la Intifada», ante las protestas palestinas en Jerusalén Este por su visita a la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo para los judíos), acción que ha repetido en estos años con total impunidad. Desde entonces, sus declaraciones han sido una consecución de llamamientos al odio o, directamente, de la ejecución de crímenes de guerra contra los palestinos, más tarde los libaneses o los iraníes, en función de los frentes que abra Israel. «Todos deberían arder», repite. El derecho internacional deja claro que se pasa toda línea roja si se busca aniquilar a ciudadanos, a civiles desarmados, con la excusa de que todos serán «terroristas» en el futuro.
Lo ha denunciado Naciones Unidas en varios de sus informes de situación. Explica, por ejemplo, cómo se hace fotos con los restos de viviendas palestinas, demoliciones que él mismo ha ordenado y son igualmente delito, porque obligan al desplazamiento forzoso de población inocente, y sus declaraciones sobre comer más terreno a palestina «y romper el statu quo«. También recuerda cómo cuando, extrañamente, se ha sancionado a algún policía o soldado por sobrepasarse con un palestino, él sale al paso siempre a defenderlo. «Hizo lo que debía hacer», «sus jefes habrían hecho mejor en arroparlo», dice.
Ben-Gvir ha pedido hasta deportación de sus opositores políticos, sobre todo de los partidos árabes (como lo es el 21% de la población del país) pero también de izquierdistas que, a su entender, «no son israelíes». Viaja con las ventanillas bajadas por los asentamientos, «para demostrar quién es el jefe» y afirma cosas como que el derecho de su familia a circular por las carreteras de Cisjordania ocupada es más importante que el derecho de movimiento de los palestinos. «Mi derecho, el de mi esposa y el de mis hijos a circular por Judea y Samaria es superior al derecho de los árabes», dice expresamente.
En un incidente ocurrido en 2022, blandió una pistola e incitó a la policía a abrir fuego contra los palestinos que lanzaban piedras en un barrio conflictivo de Jerusalén. También ha entregado huevos y piedras para que se les tiren a los participantes en las marchas del Orgullo LGTBI en Jerusalén, porque tiene odio para aburrir, que se extiende a los homosexuales, los wokes o los no practicantes. De más joven, participó en escraches contra actores o músicos locales que defendían el proceso de paz con Palestina.
En su cargo, Ben-Gvir supervisa a la policía del país, a la que ha alentado a a adoptar una postura firme contra los manifestantes antigubernamentales, sean los que rechazan la reforma judicial de Neyanyahu, sean las familias de los rehenes de Hamás en Gaza que reclaman claridad en las investigaciones del 7-O. «Me he dedicado a salvar a Israel”, defiende por su lado. Por ejemplo, fomentando la distribución masiva de pistolas a ciudadanos judíos, colonos ilegales en el este de Jerusalén y en Cisjordania, que las están usando de forma indiscriminada de forma ofensiva, no defensiva, sin consecuencias judiciales hasta el momento. Las unidades de policía fronteriza que operan en Cisjordania están bajo su mando. Nada que mirar.
Durante el genocidio de Gaza, Ben-Gvir se opuso repetidamente a la entrada de ayuda humanitaria en el territorio, incluso cuando los expertos advertían de una hambruna inminente que finalmente fue, claro que fue, y movió por primera vez a los Gobiernos occidentales para buscar un acuerdo de paz. Por supuesto, en la franja quiere que vuelvan los colonos, que salieron de allí en 2005. «Es hora de volver a casa», resume. Toca recordar que, según la ONU, los 700.000 israelíes que ya viven en Jerusalén Este y Cisjordania lo hacen de manera ilegal y que «volver» es ocupar, un delito.
Las presiones de Ben-Gvir, como las de Bezalel Smotrichm, han hecho que Netanyahu retrase mucho su adhesión a las hojas de ruta planteadas para Gaza por EEUU o se comprometa con ellas de forma parcial, porque los radicales quieren borrar la franja con la guerra o sacar a su gente a base de ocupación. La negativa de aceptar la nueva fase del proceso de paz, tras la promesa de Hamás de desarmarse, tiene mucho que ver con esta presión. Para el ministro de Pode Judío, «negociar es ceder porque esa tierra tiene dueño» y, entiende, es el Gobierno de Tel Aviv. No le duelen prendas en recordárselo hasta al presidente norteamericano, Donald Trump. «No nos da órdenes nadie».
Una de sus mayores polémicas data de primavera, cuando se grabó jocosamente con los activistas de la Flotilla de la Libertad a Gaza, detenidos por la Armada en aguas internacionales cuando trataban de llevar ayuda humanitaria. Se lo veía burlándose de los detenidos, con la cabeza baja y con las manos atadas a la espalda. Sus acciones provocaron una crítica poco habitual del primer ministro, Netanyahu, que afirmó que no están «en línea con los valores de Israel».
El ministro también supervisa el servicio penitenciario y suya ha sido la idea de colocar un foso con cocodrilos del Nilo alrededor de la prisión de Ketziot, en el centro del país, contra los presos palestinos. «Cualquiera que haya asesinado, masacrado y violado y se haya comportado como un animal merece ser custodiado por un animal exactamente igual», justificó. El proyecto ha sido paralizado por un juez, pero no porque se violen los derechos humanos de los reclusos, sino por una cuestión de bienestar animal de los reptiles.
Suya ha sido también la nueva ley a la que ha dado luz verde el Parlamento y que establece la pena de muerte en la horca como sentencia por defecto para los palestinos condenados en tribunales militares por ataques mortales con motivaciones «terroristas». Un «abismo moral», dicen las ONG israelíes. Él, lejos de amilanarse, ha publicado en redes sociales fotos con las horcas y los cadalsos preparados.
Que también haya bajado la dosis de calorías que aporta a los presos palestinos en cada comida va en consonancia con lo anterior, claro.
Dada su trayectoria y dado su presente, Ben-Gvir se ha ganado la animadversión del mundo. Fue uno de los dos ministros israelíes sancionados por España, Reino Unido, Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Noruega por supuestamente «incitar a la violencia extremista» contra los palestinos en Cisjordania. Nuestro país, más Francia y los Países Bajos, le han prohibido la entrada al país, directamente.
La New Yorker lo llama, visto el panorama, «el ministro del caos». «Es una amenaza más inminente para Israel que un Irán con armas nucleares», remacha el que fuera primer ministro, Ehud Olmert. Para los aliados de Netanyahu, entienden que fue un caballo de Troya, al reducir en apariencia su radicalismo para que lo aceptaran como socio, pero sigue pensando como siempre ha pensado. Ahora, además, tiene la capacidad de hacer y de callar la boca a los policías que antes se le ponían quejicas.