La vida en ‘blue’: cuando tu mejor amiga vuelve con el chulo ese


No hay peor sensación que la de escribir a alguien un wasap, comprobar después en las dos marcas azules que lo ha leído, y que luego no conteste. A veces en horas, días. A veces nunca. A este gesto de desprecio los post-mileniales lo llaman “dejar en blue”. No hace falta utilizar muchas palabras para describir lo que se siente, porque todos lo hemos vivido: cuando enviamos un mensaje de disculpa a nuestra pareja porque la hemos ofendido, cuando invitamos a alguien a tomar algo con intención de compartir algo más o cuando escribimos al fontanero para que nos arregle urgentemente el termo, porque nos hemos quedado sin agua caliente. Y nadie contesta.

Quedarse en blue es como ducharse con agua fría, porque es tener los medios y no conseguir el resultado. Y así, al igual que esperamos pacientemente a que la temperatura de la ducha cambie, también aguardamos con ansiedad, como en los viejos boleros, a que quien sea nos escriba.

No hace falta mucha reflexión para darse cuenta de que todos vivimos la vida en blue, de una u otra manera. Una madre que lanza sus normas y advertencias contra el muro sordo de la rebeldía adolescente, un trabajador que se esfuerza por mostrar sus méritos ante su jefe sin conseguir ni ascenso ni aumento, o un fatigado profesor de instituto que recobraría la ilusión si alguno de sus alumnos amara lo que en su día él amó. Personas que publican sentencias en redes sociales a las que nadie reacciona, influencers a las que el algoritmo ignora y nadie les dice lo guapas que están o son, funcionarios que no comprenden por qué los ciudadanos no obedecen la normativa, médicos cuyos pacientes ningunean la dieta, chicas que ven con impotencia cómo su mejor amiga vuelve a los brazos del chulo ese que aparece en tantas biografías adolescentes, y millones de profesionales cuyos correos electrónicos solo son leídos someramente. Y eso con suerte. Nuestra vida está llena de momentos azules.

Solo hay una cosa peor que quedarse en blue, y es ver que el otro comienza a escribir para detenerse al cabo de unos segundos, desconectándose a continuación. Seguramente los primeros intérpretes de blues no imaginaban hasta qué punto su melancolía sería catapultada hasta lo insoportable por un simple sistema de mensajería instantánea. Porque esas comunicaciones truncadas causan a veces más tristeza que muchos blues.

¿Por qué de toda la cadena de conversaciones decidimos obsesionarnos con la única donde están las dos rayitas palpitando de espera? ¿Por qué sustituimos calidad de las relaciones por inmediatez en las comunicaciones? ¿Por qué no podemos soportar no ser los favoritos del fontanero?

Pensábamos inocentemente que la ubicuidad tecnológica nos iba a traer una conexión más intensa con nuestros seres queridos y con las personas con las que trabajamos. Y lo que nos ha traído, además, son altas dosis de ansiedad. A veces nuestra pareja no está de humor en ese momento, a lo mejor esa persona a la que hemos escrito para tomar algo está cancelando otra cita antes de confirmar la nuestra, y hasta puede que el fontanero esté de baja porque se quemó con el soldador.

La ventaja de vivir en blue es que nos da la oportunidad de ahondar en los motivos por los que nos irrita tanto que no nos tengan en cuenta. ¿Es que ya no tenemos paciencia? ¿O que queremos ser siempre los favoritos de la maestra? ¿Acaso pensamos que nuestros mensajes y consejos siempre tienen que interesar? ¿Que el mundo gira alrededor nuestro?

El investigador Jean Piaget describió acertadamente una característica cognitiva de los niños en el llamado periodo preoperacional, que dura aproximadamente de los dos a los siete años. Se llama egocentrismo. Y consiste en la incapacidad para ver el mundo desde otro punto de vista que no sea el propio. Una particularidad que, por cierto, explica por qué los niños son a veces tan crueles y violentos entre ellos. Al igual que a veces nos emberrinchamos nosotros cuando por fin hablamos con esa persona que ha tenido el descaro de dejarnos en blue.

“Cuando estés cerca arrancaré tus ojos y los colocaré en el lugar de los míos, y tu arrancarás mis ojos y los colocarás en el lugar de los tuyos, entonces yo te miraré con tus ojos y tu me mirarás con los míos”. Quizá nadie ha definido la empatía de manera más bella que Jacob Levy Moreno, que fue, entre otras cosas, el creador del psicodrama. Sin embargo parece que, a pesar de que casi nadie negaría saber lo que es ponerse en los zapatos del otro, a día de hoy seguimos mirando mucho más hacia dentro que a esos ojos que deberían ser los nuestros. Qué gran verdad es eso de que, en ocasiones, la persona que tenemos delante libra una batalla de la que somos ignorantes. Una batalla que a veces ni podemos ni queremos intuir.

Quizá cuando miramos con frustración esas dos inconclusas marcas azules nos estemos viendo a nosotros mismos tal y como somos. Quizá son dos ojos que nos miran sin comprender por qué no podemos entender que el mundo no gira alrededor nuestro. Que desde a un avión que vuela a cuarenta y cinco mil pies ni siquiera se nos ve. Quizá quedarse en blue de vez en cuando no sea una sensación tan mala, al fin y al cabo, si de ello podemos aprender algo sobre nosotros mismos. Y, de paso, nos sirve para comprender un poco más al otro.

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