Los hombres molan | El HuffPost


Lo ocurrido con el Premio Planeta refleja muy bien la realidad de una sociedad androcéntrica dispuesta a no ceder en su jerarquías y postulados, sin dudar para en recurrir a las mismas tácticas de quienes han tenido que vencer los límites impuestos y la discriminación, simplemente para poder estar.

“Carmen Mola” ha ganado el Premio Planeta 2021, pero en realidad “Carmen Mola” son tres hombres: Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero, guionistas reconocidos que no necesitaban jugar con nombres y apellidos para ocultar a los hombres y apetitos de éxito literario.

Lo ocurrido forma parte de la misma estrategia que utilizan las posiciones machistas que dicen ser partidarias de algo para, en realidad, criticarlo, como, por ejemplo, cuando hablan de que están a favor de la Igualdad, pero de la “igualdad real”, no de la que “beneficia sólo a las mujeres y va en contra de los hombres”; o cuando afirman que hay que luchar contra la violencia que sufren las mujeres, pero también contra la que sufren los hombres, los niños y los ancianos; o cuando comentan apoyar las cuotas, pero para que los hombres también puedan entrar en espacios feminizados, como ocurre con los estudios de Medicina, Ciencias de la Salud, Ciencias de la Educación… sin pararse a pensar que si están feminizados es debido al machismo que atribuía las tareas de cuidado y educación a las mujeres, no porque los hombres hayan sido discriminados.

Todos estos argumentos forman parte de la estrategia posmachista del machismo, que a diferencia de las posiciones tradicionales que reivindican la superioridad de los hombres de manera explícita, busca generar confusión sobre los temas sociales que cuestionan su modelo para que la duda se traduzca en distancia al problema, la distancia en pasividad, y esta pasividad en que todo siga igual por la falta de implicación social.

El machismo es troyano en su propia fortaleza, domina por fuera y corrompe por dentro, porque el machismo práctico no es diferente a la cultura y, por tanto, no es distinto a la normalidad ni a la identidad que define para hombres y mujeres. Por ello tampoco es ajeno a las conductas que se desarrollan desde esas identidades en nombre del orden establecido, y en defensa de los valores y elementos que definen la cultura.

Los hombres molan porque son la referencia universal de todo, de lo que es bueno porque es bueno y de lo que es malo porque es malo. Hasta los “hombres malos” son necesarios en el modelo machista para hacer más buenos a los “hombres buenos”, y para responsabilizar de todo lo negativo a los “hombres malos” que son descubiertos. Si el machismo no hubiera querido “hombres malos” no los habría permitido, pero estos hombres ayudan al resto a mantener su sistema basado en gran medida en el miedo y en la necesidad de defender su posición de poder sobre el control y la sumisión de las mujeres. Por eso no es casualidad la pasividad de la mayoría de los hombres ante la violencia de género, porque aunque sólo “unos pocos” la lleven a cabo por medio de acciones individuales, en realidad cada uno de esos agresores contribuye a mantener las referencias sociales de la desigualdad que benefician a todos los hombres.

En este contexto, y tras lo sucedido en el Premio Planeta, la cuestión es, ¿qué necesidad tenían los tres autores de firmar con el seudónimo de una mujer?

La idea del seudónimo es comprensible como forma de ocultar su identidad por las razones que estimen oportunas, bien de tipo profesional o de tipo personal, pero en este caso se aprecia un oportunismo que viene a reforzar la situación de una sociedad machista en un doble sentido: por una parte, porque potencian la idea de que las mujeres no son capaces de escribir un libro con la misma calidad que los hombres, y por otra, porque se insiste en ese argumento que emplean ahora muchos autores cuando no son galardonados, de que para ser premiado hace falta “ser mujer u homosexual”, despreciando su talento y trabajo.

Cuando las mujeres han utilizado seudónimos masculinos lo han hecho para, sencillamente, poder estar en un espacio negado para ellas por ser mujeres, no porque no fueran capaces de escribir como los hombres. De hecho, como se ha comprobado tras sus publicaciones bajo seudónimo, lo hacían mejor que muchos de ellos. Una conducta no muy diferente a cuando se disfrazaban de hombres para poder ir a la universidad o realizar algún trabajo.

Los hombres que a lo largo de la historia han utilizado seudónimos femeninos, como Ian Blair que firmaba como Emma Blair, o Hugh C. Rae que lo hacía como Jessica Stirling, no cambiaban el nombre para poder estar presentes en un espacio negado sobre su condición masculina, sino que buscaban engañar a las lectoras para tener más credibilidad ante ellas y ganar su complicidad dentro de una literatura devaluada por ser considerada “femenina”, es decir, “sólo para mujeres”.

Como se puede ver, las situaciones son muy diferentes en el caso de una mujer que firma con seudónimo de hombre, y en el de un hombre que firma con nombre de mujer.

El caso de “Carmen Mola” y sus tres autores es una clara instrumentalización comercial de la desigualdad social androcéntrica, una especie de guion que sus autores, como grandes especialistas que son, han desarrollado a la perfección.

Ellos saben que si hubieran escrito un libro de manera individual ninguno de ellos habría alcanzado el interés de los libros escritos a tres manos. También saben que si presentan de inicio una novela firmada por tres autores la mayoría de las principales editoriales no se lo habrían publicado, porque a ninguna le gusta los libros a dúo y menos en trío, salvo que sea un diálogo o determinados ensayos. Podían haber elegido el seudónimo de un hombre para ocultar su trinidad, pero si lo hubieran hecho la violencia de sus historias no habría llamado tanto la atención, y todo el mundo se habría limitado a pensar que el autor era “muy bruto”. En cambio, al escoger como seudónimo a una mujer se produce la sorpresa de cómo es posible encontrar tanta violencia en sus historias, al tiempo que con el desarrollo de esas historias se refuerza el mito de la maldad y perversidad de las mujeres.

Al final los tres autores han preferido molar con las historias y la sorpresa, aunque han hecho un flaco favor a la literatura y a la sociedad al reforzar los planteamientos machistas. Quizás les de igual, pues ellos son hombres y guionistas, y lo que sí es seguro es que las posiciones androcéntricas se han visto reforzadas, y que detrás de estos libros hay alguna serie o película de la que ya sabemos quienes serán sus guionistas.

Todo resulta un poco triste.

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