Nerea Pérez de las Heras:

Nerea Pérez de las Heras:



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En el verano de 2023, cuando disfrutaba de unos días de descanso en Menorca, la hélice de un barco atrapó la pierna derecha de Nerea Pérez de las Heras y su cuerpo —y su vida— ya no volvió a ser el mismo. En el momento del accidente, la comunicadora ya era uno de los referentes del activismo feminista en España gracias a su monólogo Feminismo para torpes, del que también escribió un libro, y una influyente voz del panorama social a través del podcast que presenta y dirige con Inés Hernand, Saldremos Mejores. La noticia del accidente se conoció pronto, ocupó muchos titulares y fue un shock para muchos. Pero no fue hasta finales de agosto cuando, ella misma, a través de sus redes sociales, dio a conocer que le habían amputado una pierna y explicó someramente todo lo que había ocurrido durante ese tiempo.Ahora, toda esa historia, la del dolor, las cirugías, la incapacidad, el duelo por la pérdida, la reconstrucción de una identidad física y la redefinición de una vida, pero también la del amor, la familia, la amistad y la sanidad pública, ha tomado forma en Fantasma (Editorial Alfaguara). Un texto en el que la periodista hace memoria para mostrar su lado más emocional y vulnerable, pero que transciende lo autorreferencial para preguntarse por el cuerpo y sus límites, por la identidad y su construcción, por la memoria y sus trampas, por la pérdida y lo que viene después.Escribir el libro no le ha servido de catarsis ni de terapia, como niega rotunda cada vez que le formulan la pregunta. Sencillamente escribir es su vocación, está detrás de todo lo que hace, y «tenía un gran material literario que era una experiencia muy, vamos a llamarla, excepcional, una experiencia rara, y capacidad e impulso para escribir», cuenta a El HuffPost.»La gran ambición era que tuviera calidad, o sea, que fuera un libro que tuviera ritmo, que tuviera intriga, que tuviera información, que fuera estimulante», explica. «Si todo eso es la meta principal y el horizonte que tienes a la hora de escribir, la parte catártica personal encaja en algunos lugares, que creo que son tres o cuatro dentro de todo el libro, pero en otros no. O sea, cuando me he volcado mucho emocionalmente en algunas partes o en algunas escenas, la gente que se lo ha leído me ha dicho: ‘¡Buf, aquí qué mal cuerpo, aquí qué piel de gallina, aquí qué sobrecogimiento!’. Entonces me he dicho: ‘Vale sí, es que es el sitio, la tecla era esa’. Pero tú no puedes mantener la tecla de la emocionalidad todo el rato, o al menos a mí no me funciona como lectora. Un libro así no me llega, pero un libro que mantiene todo el rato la tecla del ensayo sí. Y me los zampo increíble. Y este está entre los dos caminos».Llama la atención cómo describes todos los procesos químicos y fisiológicos por los que atravesó tu cuerpo y cómo, en el momento del accidente, tomas el control y hasta te haces un torniquete.Pues mira, esa parte está hecha… Como todo lo bueno, no lo ha hecho una persona sola. Esa parte es Alba, una amiga médica, y Su, que es neuróloga, amiga y una persona que ha estado cerca. A ellas les hice entrevistas, igual que se las hice a mi fisioterapeuta, igual que se las hice al periodista y antropólogo Cristo Casas o a la artista Costa Badía… Hay un montón de voces en el libro y en un principio esas voces, sobre todo las de la parte científica, iban a estar tal cual, porque a mí me daba mucho miedo faltarle al rigor, iban a ser bloques de entrecomillado de diálogo, como si fuera una entrevista periodística, porque además es mi manera de hacer. Y a Carme Riera, mi editora, y a María Cardona, mi agente, no les funcionaba. Entonces me dijeron: «Vamos a probarlo como más literario, más en tus palabras». Y el texto tuvo que ir y volver: yo lo retoqué, se lo di a leer a esas personas, me dijeron si había algún error, me matizaron… La cosa más ilusionante que me ha pasado últimamente es que me ha escrito una neuróloga anónima y me ha dicho que estaba fenomenal y que había dado con metáforas que describían muy bien la experiencia del cuerpo y lo había explicado con mucha claridad. Así que esto es mérito de Alba y de Su.Y como no podía ser de otra manera, todo el libro está impregnado de reivindicación social.Total, pero no es consciente, es como una manera de estar. O sea, no es consciente pero sí es consciente. Es una manera de estar en el mundo y en el libro lo describo como un sentimiento de rabia alegre. O sea, a las feministas nos dicen que siempre estamos enfadadas porque estamos reclamando y estamos en resistencia y estamos en incomodidad y estamos en revisión y estamos en crítica… Pero es que eso en un mundo que es una soberana mierda llena de injusticias e invivible, es la manera alegre de estar, en resistencia. Entonces no estamos siempre enfadadas, estamos encantadas de estar así. O sea, no es un enfado y, sobre todo, no es un estado de derrota, es un estado movilizador. La reivindicación y la organización es un estado movilizador y estoy segura de que toda persona que esté implicada en lo que sea para cambiar una cosa, el bordillo de su portal, el aire acondicionado en la clase de sus hijos, la manta para la persona que no tiene casa, sabe que eso te calma la frustración muchísimo. Te lo calma un montón. O sea, es de verdad, la mejor terapia. Organizarse y militar es maravilloso.Sobre todo, hay una reivindicación del sistema sanitario público…Yo lo conocía perfectamente porque mis padres habían sido dependientes. No me llevé ninguna sorpresa. Tuve muchísima suerte, tanto en el Mateu Orfila como en el Son Espases. Muchísima, muchísima suerte. Bueno, a ver, suerte de haber nacido en un país con un sistema sanitario público. Es que esta es otra cosa que perdemos de vista. Que haber nacido aquí y no en Washington o en Sudán del Sur es una puta lotería. Y esto a lo mejor deberíamos tenerlo más presente cuando pensemos que tenemos la propiedad sobre el estado de bienestar. Hay gente que quiere entrar en el estado de bienestar y no les ha tocado esa lotería. La suerte fue que estuve en manos de muy buenos profesionales en todo momento y que nuestro sistema público de salud es una joya increíble, y trato de combatir todo el rato la idea, y esto creo que lo he dicho cada vez que he tenido una oportunidad de hablar públicamente, de que la sanidad privada no es sustitutiva de la sanidad pública. No, la sanidad pública está en el terreno de los derechos y la sanidad privada está en el terreno de los negocios, y tú en una eres paciente y ciudadana y en la otra eres cliente. Y a los clientes, si no son rentables y si no pagan, se les larga muy rápidamente. Entonces una no sustituye a la otra. Que tú puedes recurrir, como he hecho yo, a la sanidad privada si tienes los medios, tienes la prisa, tienes la capacidad y la necesidad de elegir a un profesional concreto, por la razón que sea, necesitas saltarte esas listas de espera, vale. Pero que algunas personas, muy pocas, un porcentaje mínimo de la población, pueda elegir porque tiene dinero ahorrado, esto no tiene nada que ver con que tengamos un suelo de derechos que hay que mantener como sea.En el libro eres muy sincera y cuentas que te llegaste a sentir mal porque tú estabas en Menorca, tú que batallas contra la turistificación.Sí, yo era parte. La conciencia de privilegio también es muy tramposa, porque parece que te tienes que paralizar y, sencillamente, con ser consciente de que cuando tú te pones de pie por la mañana en un país de los llamados desarrollados, antes llamados del primer mundo, ya estás alimentando un sistema de desigualdad y de opresión. Pero, claro, es tan fácil que eso te paralice, como cuando te intentan cambiar el marco diciéndote «tienes un teléfono móvil» o «tienes un Mac y entonces no puedes quejarte de nada». Si es que a mí lo que más me jode del capitalismo es que no me puedo salir porque tengo que seguir produciendo y es que es una maquinita que me absorbe todo el rato para adentro. Sí, claro, yo soy parte del problema de la turistificación, aunque intento no serlo todo el rato y solo serlo intermitentemente. Soy parte del problema de la contaminación, soy parte del problema de la desigualdad, soy parte del problema de la blanquitud, como todo el mundo, pero eso no nos va a paralizar. Creo que todos somos un poquito problema y un poquito solución, y estamos llenos de defectos y contradicciones, y de posibilidades también. Posibilidades de ir hacia un lado, hacia otro, pero pura y completamente coherente no puede ser nadie. Y cuando te piden que seas pura y completamente coherente, lo que hacen es como paralizarte y ya no te dejan moverte hacia ningún sitio.Fantasma también es un canto a la amistad y una bella forma de agradecimiento. ¿Cómo habría sido sin ellas?Sí, es que son increíbles, y mi familia también. Olga es la auténtica protagonista del libro, como ella me dice. El otro día me mandó un mensaje y me dijo: «Gracias por escribir este libro sobre mi esguince y sobre convivir con las ausencias». Ayer Inés (Hernand) me escribía «estoy lágrimas», porque ella también está ahí. Cada una tiene su sitio y aún falta un montón de gente. Falta mi amiga Bea Lobo, que se mudó a mi casa para quedarse con mis gatos. Falta un montón de gente, porque esta peña se organizó en un grupo de WhatsApp para solucionarme la vida durante mucho rato y todavía lo hacen. Eso es otra cosa que no para, hay veces que estás un poco más frágil y hay veces que lo notas menos, pero todo el rato estás en un sistema de interdependencia sostenida por una gente.Igual que te pedían que valorases en una escala de uno a 10 tu dolor, si tuvieses que valorar tu recuperación de 1 a 10, ¿dónde estarías?Es muy frustrante comunicar tus padecimientos y tus dolores, y la profesión médica lo único que tiene para llegar a saber lo que te pasa es tu relato. Es como una comunicación textual en la que no todo el mundo tiene la capacidad de expresar ni siquiera sus propias sensaciones, y ahí los médicos tienen que ser un poco detectives. Yo hacía metáforas fantásticas, pero hasta que no me abrieron el muñón no vieron lo que me pasaba, por mucha metáfora que yo hiciera. Y ahí estaba todo el mundo pensando qué puñetas era eso. No daban con ello porque era una lesión que estaba superinflamada, que había cicatrizado en una parte sola y que no era fácil que diera la cara la raíz de mi dolor.Y la recuperación es como el duelo; hay días que estás muy recuperada y hay días que estás muy en recuperación. Yo hay días que tengo que parar un montón, y hay días que tengo que llevar muletas, y hay días que tengo que ir en silla de ruedas, y hay días que no puedo… Lo que se ve desde fuera es solamente la parte menos discapacitada de la persona discapacitada. Mira, me pasa en las colas de los aeropuertos, por ejemplo. Las personas con movilidad reducida nos podemos saltar la cola y tenemos una entrada especial. A mí lo que menos me duele y lo que menos me molesta es caminar rápido. Caminar despacio me destroza, me hace polvo, y en los museos cojo siempre silla de ruedas, la pido prestada, y en las manifestaciones también, o me voy sentando. Pero claro, cuando la gente está haciendo cola en su check-in para embarcar y me ve atravesar la terminal trotando y llegar: ‘Hola, tengo movilidad reducida’. Entonces, me dicen: ‘¿Pero qué vas a tener tú movilidad reducida?’. O sea, a mí lo que no me duele es caminar rápido y lo que sí me duele es estar parada de pie firme. Tenemos muchas preconcepciones sobre lo que es la discapacidad y hay que preguntar, hay que hacer averiguaciones. Todo el mundo da por hecho que a mí lo que me duele es subir escaleras, subir cuestas. Habrá otros amputados que sí, pero a mí lo que me molesta es estar de pie firme, caminar despacio.Dedicas muchas reflexiones en el libro a tus padres, y especialmente al momento en el que has de contarles lo sucedido. ¿Fue lo más difícil?Fíjate que ese es el capítulo que más me costó hacer y por el que más me están preguntando. Yo lloraba y lloraba y lloraba escribiendo ese capítulo, y la peña ha llorado y llorado también. Darles un disgusto a tus padres… Imagínate si lo pasas mal cuando les enseñas suspensos, imagínate este suspenso. Pues es que hay una parte de la dependencia y de la enfermedad crónica, de las dolencias que nos acompañan y de la discapacidad, en la que tú también cuidas un poco a los cuidadores. Y la manera de cuidar a los cuidadores, a veces, es estar de buen humor cuando no tienes buen humor o disfrazar lo que te pasa o camuflar el dolor de alguna manera. Y esta es una experiencia común a mucha gente con la que he hablado que tiene discapacidades. Bob Pop me dijo: “No le debes buen humor a nadie, no le debes ser simpática a nadie”. No lo entendí hasta que pasó un tiempo y, joder, no podía sostener un ánimo que no se podía sostener. Y con mis padres… Es que claro, los pobres, imagínate el disgusto. Mis padres eran gente mayor, frágil. Mis bebés, vaya. Mi padre, que ya murió, tardó un poquillo más. Mi madre todavía me dice, y fíjate que no se acuerda de nada: “Qué bien hicisteis en decírmelo así, contigo ahí, que si a mí me lo llegas a decir por teléfono, no me lo creo”.Cuando llegas a Madrid desde Mallorca te van a recibir dos amigos con una pancarta en la que se lee «Bollera, roja y coja”. ¿Qué es lo más difícil, ser bollera, roja o coja?Ser coja, mucho más que ser lesbiana. Ser lesbiana se está poniendo difícil también, parece ser. Pero claro, como lesbiana, ¡un montón de lesbianas pueden subir bordillos! La ciudad es difícil y la sociedad es difícil si eres lesbiana, si eres roja y si eres coja, de las tres maneras, pero claro, la verdad que la vida a las discapacitadas nos la ponen muy, muy jodida.

 

En su libro ‘Fantasma’, Nerea Pérez de las Heras reflexiona sobre el accidente que le costó una pierna y cómo se ha ido enfrentando a un mundo aún hostil con las personas discapacitadas.Jairo Vargas

¿Qué no imaginabas que iba a ser tan difícil?No imaginaba que iba a ser tan difícil la burocracia, aunque lo intuía. Es muy largo el proceso para acceder a una prótesis. Gracias a la pelea de asociaciones —y es que, como todo, nada se hace si no hay un movimiento asociativo detrás—, el catálogo de prótesis de la Seguridad Social ahora es mejor, pero las piezas son muy caras. En mi caso, aunque sé que hay otras maneras de acceder a las prótesis con las que no tienes que adelantar el precio, yo he decidido adelantar el dinero de mis recambios y de mis piezas, las pago. Luego eso va a la Comunidad de Madrid con unos sellos, la receta y otros elementos de control, que son completamente lógicos, y casi cerca de un año después veo en mi cuenta el reingreso de parte de ese dinero.¿Cuánto pueden costar las prótesis?Están entre 10.000 y 15.000 euros el tipo de prótesis que llevo yo, que es una prótesis tibial, una prótesis transtibial y dura unos años. Tengo una de agua, que se puede mojar, que me he comprado yo como el que se compra un bolso. Si quiero bañarme, tocotó, si quiero correr, tocotó, porque la Seguridad Social no cubre todas las actividades, te da como movimiento básico.¿Se asume la discapacidad?Se metaboliza, no se asume del todo. Depende de las distracciones que tengas. O sea, si tenía que hacer una entrega del libro, el haberme quedado coja era la quinta cosa del día porque antes estaban el guion de Saldremos Mejores, pasar una factura que tienes bloqueada desde hace no sé cuánto, limpiar tu casa, comprar el pienso de los gatos, hacer la entrega del capítulo y hacer tu trimestral. Entonces, muchos días, al final de la lista está que te tienes que levantar por la mañana y te tienes que poner una pata de palo. Pero hay otros días, y no sabes cuándo va a llegar ese día, en el que hace ‘pum’ y se pone lo primero y lo que haya antes da igual.Le dedicas el libro a Ana, a tu mujer, porque os casasteis después del accidente. ¿Cómo ha sido el discurrir de vuestra historia de amor durante todo este proceso? ¿Te ha dado miedo que tu nueva vida arrastrase a Ana o la alejase?Es que mi nueva vida arrastra a Ana, es que no hay otra. No me da miedo porque la he conocido bien ahí. Nosotras somos una pareja muy enamorada, muy feliz. Me cae muy bien. Me encanta pasar tiempo con ella. Es que es perfecta, altísima, estupenda, superlista… O sea, como que todo es muy guay de convivir con Ana y, encima, ha habido una crisis y he conocido una parte de mi pareja que hay gente que no llega a conocer si no le pasa algo así.Y el temor a que la gente se aleje, mentiría si dijese que no lo he tenido. Es como una sombra muy grande. Hay mucha oscuridad, hay mucha, mucha, mucha oscuridad. Hay culpabilidad, hay miedo todo el rato, miedo como primitivo. Te sientes indefensa: te sientes indefensa en una ventanilla de cualquier administración, te sientes indefensa por la noche en tu casa y te sientes indefensa si no te cabe la silla de ruedas por un sitio. Y hay muchos sentimientos que son horrorosos y es mentira que lo que no te mata te hace más fuerte. Hay cosas que no te matan y te hacen una baba, y te hacen más miedosa y peor. Y sí, claro que había miedo. El miedo al abandono es un fantasma, incluso teniendo el nivel de privilegio afectivo que tengo, con una familia, una mujer y un entorno alucinante, pues incluso con todo lo bueno que te puede traer la vida, hay miedo. Imagínate la gente que no tiene esa suerte.¿Qué relación tienes ahora con el mar?Tengo una relación muy buena con el mar. Fue el contexto, pero nunca me revolvió el mar, no ganó. No ganó la experiencia traumática a una vida entera de pasármelo genial en el agua y así sigue siendo. Y ahora todavía, es que es el sitio al que voy a descansar y a estar a gusto.¿Y a Karol G le debes el primer baile?Le debo muchísimo. Muchísimos ejercicios de tonificación que hacía obsesivamente al principio porque tenía prisa por mover el cuerpo. Incluso cuando estaba en el propio hospital, tenía muchas ganas de mover el cuerpo y allí escuché a Karol G. Y también dice cosas, como «Un shot para la pena profunda y seguimos gastando la funda» —letra de la canción Tusa—, que es como «a lo siguiente, amor, no te quedes aquí, venga, venga para arriba». Ojalá le llegara, que está hasta en los agradecimientos. 
Fui a un concierto de ella con Ana y hay un montón de cosas… Esa es la peor parte. Te pasas una primera Navidad, que te das cuenta de todo lo que no puedes hacer en Navidad. Un primer cumpleaños, que te das cuenta de que ya no puedes estar hasta las tantas de la madrugada bailando porque ya no puedes. Un primer verano, en el que te das cuenta de que esta prótesis no se puede mojar, me tengo que comprar otra… Son unos años, un ciclo entero de todas las cosas que hacías. Por ejemplo, ir a Colombia, qué ilusión, pero claro, hay altura, la presión es distinta, el muñón se comporta distinto, el cuerpo está rarísimo, bastón… Hay como un ciclo de vida en la que tú te vas enterando de todas las limitaciones poco a poco, no de golpe. Eso pasa cuando vas viviendo. Yo no sabía si podía ir a un concierto. Y cuando pude ir a un concierto, sentada en grada, obviamente, me levantaba a ratos y a ratos me sentaba, pues fue superemocionante. Lloré un montón, me lo pasé pipa. Tenía una niña como de 8 años al lado que cantaba como si se hubiera divorciado tres veces y que me miraba y me miraba como diciendo: «¿Pero qué le pasa? Qué rara es».

En el verano de 2023, cuando disfrutaba de unos días de descanso en Menorca, la hélice de un barco atrapó la pierna derecha de Nerea Pérez de las Heras y su cuerpo —y su vida— ya no volvió a ser el mismo. 

En el momento del accidente, la comunicadora ya era uno de los referentes del activismo feminista en España gracias a su monólogo Feminismo para torpes, del que también escribió un libro, y una influyente voz del panorama social a través del podcast que presenta y dirige con Inés Hernand, Saldremos Mejores. 

La noticia del accidente se conoció pronto, ocupó muchos titulares y fue un shock para muchos. Pero no fue hasta finales de agosto cuando, ella misma, a través de sus redes sociales, dio a conocer que le habían amputado una pierna y explicó someramente todo lo que había ocurrido durante ese tiempo.

Ahora, toda esa historia, la del dolor, las cirugías, la incapacidad, el duelo por la pérdida, la reconstrucción de una identidad física y la redefinición de una vida, pero también la del amor, la familia, la amistad y la sanidad pública, ha tomado forma en Fantasma (Editorial Alfaguara). Un texto en el que la periodista hace memoria para mostrar su lado más emocional y vulnerable, pero que transciende lo autorreferencial para preguntarse por el cuerpo y sus límites, por la identidad y su construcción, por la memoria y sus trampas, por la pérdida y lo que viene después.

Escribir el libro no le ha servido de catarsis ni de terapia, como niega rotunda cada vez que le formulan la pregunta. Sencillamente escribir es su vocación, está detrás de todo lo que hace, y «tenía un gran material literario que era una experiencia muy, vamos a llamarla, excepcional, una experiencia rara, y capacidad e impulso para escribir», cuenta a El HuffPost.

«La gran ambición era que tuviera calidad, o sea, que fuera un libro que tuviera ritmo, que tuviera intriga, que tuviera información, que fuera estimulante», explica. «Si todo eso es la meta principal y el horizonte que tienes a la hora de escribir, la parte catártica personal encaja en algunos lugares, que creo que son tres o cuatro dentro de todo el libro, pero en otros no. O sea, cuando me he volcado mucho emocionalmente en algunas partes o en algunas escenas, la gente que se lo ha leído me ha dicho: ‘¡Buf, aquí qué mal cuerpo, aquí qué piel de gallina, aquí qué sobrecogimiento!’. Entonces me he dicho: ‘Vale sí, es que es el sitio, la tecla era esa’. Pero tú no puedes mantener la tecla de la emocionalidad todo el rato, o al menos a mí no me funciona como lectora. Un libro así no me llega, pero un libro que mantiene todo el rato la tecla del ensayo sí. Y me los zampo increíble. Y este está entre los dos caminos».

Llama la atención cómo describes todos los procesos químicos y fisiológicos por los que atravesó tu cuerpo y cómo, en el momento del accidente, tomas el control y hasta te haces un torniquete.

Pues mira, esa parte está hecha… Como todo lo bueno, no lo ha hecho una persona sola. Esa parte es Alba, una amiga médica, y Su, que es neuróloga, amiga y una persona que ha estado cerca. A ellas les hice entrevistas, igual que se las hice a mi fisioterapeuta, igual que se las hice al periodista y antropólogo Cristo Casas o a la artista Costa Badía… Hay un montón de voces en el libro y en un principio esas voces, sobre todo las de la parte científica, iban a estar tal cual, porque a mí me daba mucho miedo faltarle al rigor, iban a ser bloques de entrecomillado de diálogo, como si fuera una entrevista periodística, porque además es mi manera de hacer. Y a Carme Riera, mi editora, y a María Cardona, mi agente, no les funcionaba. Entonces me dijeron: «Vamos a probarlo como más literario, más en tus palabras». Y el texto tuvo que ir y volver: yo lo retoqué, se lo di a leer a esas personas, me dijeron si había algún error, me matizaron… La cosa más ilusionante que me ha pasado últimamente es que me ha escrito una neuróloga anónima y me ha dicho que estaba fenomenal y que había dado con metáforas que describían muy bien la experiencia del cuerpo y lo había explicado con mucha claridad. Así que esto es mérito de Alba y de Su.

Y como no podía ser de otra manera, todo el libro está impregnado de reivindicación social.

Total, pero no es consciente, es como una manera de estar. O sea, no es consciente pero sí es consciente. Es una manera de estar en el mundo y en el libro lo describo como un sentimiento de rabia alegre. O sea, a las feministas nos dicen que siempre estamos enfadadas porque estamos reclamando y estamos en resistencia y estamos en incomodidad y estamos en revisión y estamos en crítica… Pero es que eso en un mundo que es una soberana mierda llena de injusticias e invivible, es la manera alegre de estar, en resistencia. Entonces no estamos siempre enfadadas, estamos encantadas de estar así. O sea, no es un enfado y, sobre todo, no es un estado de derrota, es un estado movilizador. La reivindicación y la organización es un estado movilizador y estoy segura de que toda persona que esté implicada en lo que sea para cambiar una cosa, el bordillo de su portal, el aire acondicionado en la clase de sus hijos, la manta para la persona que no tiene casa, sabe que eso te calma la frustración muchísimo. Te lo calma un montón. O sea, es de verdad, la mejor terapia. Organizarse y militar es maravilloso.

Sobre todo, hay una reivindicación del sistema sanitario público…

Yo lo conocía perfectamente porque mis padres habían sido dependientes. No me llevé ninguna sorpresa. Tuve muchísima suerte, tanto en el Mateu Orfila como en el Son Espases. Muchísima, muchísima suerte. Bueno, a ver, suerte de haber nacido en un país con un sistema sanitario público. Es que esta es otra cosa que perdemos de vista. Que haber nacido aquí y no en Washington o en Sudán del Sur es una puta lotería. Y esto a lo mejor deberíamos tenerlo más presente cuando pensemos que tenemos la propiedad sobre el estado de bienestar. Hay gente que quiere entrar en el estado de bienestar y no les ha tocado esa lotería. La suerte fue que estuve en manos de muy buenos profesionales en todo momento y que nuestro sistema público de salud es una joya increíble, y trato de combatir todo el rato la idea, y esto creo que lo he dicho cada vez que he tenido una oportunidad de hablar públicamente, de que la sanidad privada no es sustitutiva de la sanidad pública. No, la sanidad pública está en el terreno de los derechos y la sanidad privada está en el terreno de los negocios, y tú en una eres paciente y ciudadana y en la otra eres cliente. Y a los clientes, si no son rentables y si no pagan, se les larga muy rápidamente. Entonces una no sustituye a la otra. Que tú puedes recurrir, como he hecho yo, a la sanidad privada si tienes los medios, tienes la prisa, tienes la capacidad y la necesidad de elegir a un profesional concreto, por la razón que sea, necesitas saltarte esas listas de espera, vale. Pero que algunas personas, muy pocas, un porcentaje mínimo de la población, pueda elegir porque tiene dinero ahorrado, esto no tiene nada que ver con que tengamos un suelo de derechos que hay que mantener como sea.

En el libro eres muy sincera y cuentas que te llegaste a sentir mal porque tú estabas en Menorca, tú que batallas contra la turistificación.

Sí, yo era parte. La conciencia de privilegio también es muy tramposa, porque parece que te tienes que paralizar y, sencillamente, con ser consciente de que cuando tú te pones de pie por la mañana en un país de los llamados desarrollados, antes llamados del primer mundo, ya estás alimentando un sistema de desigualdad y de opresión. Pero, claro, es tan fácil que eso te paralice, como cuando te intentan cambiar el marco diciéndote «tienes un teléfono móvil» o «tienes un Mac y entonces no puedes quejarte de nada». Si es que a mí lo que más me jode del capitalismo es que no me puedo salir porque tengo que seguir produciendo y es que es una maquinita que me absorbe todo el rato para adentro. Sí, claro, yo soy parte del problema de la turistificación, aunque intento no serlo todo el rato y solo serlo intermitentemente. Soy parte del problema de la contaminación, soy parte del problema de la desigualdad, soy parte del problema de la blanquitud, como todo el mundo, pero eso no nos va a paralizar. Creo que todos somos un poquito problema y un poquito solución, y estamos llenos de defectos y contradicciones, y de posibilidades también. Posibilidades de ir hacia un lado, hacia otro, pero pura y completamente coherente no puede ser nadie. Y cuando te piden que seas pura y completamente coherente, lo que hacen es como paralizarte y ya no te dejan moverte hacia ningún sitio.

Fantasma también es un canto a la amistad y una bella forma de agradecimiento. ¿Cómo habría sido sin ellas?

Sí, es que son increíbles, y mi familia también. Olga es la auténtica protagonista del libro, como ella me dice. El otro día me mandó un mensaje y me dijo: «Gracias por escribir este libro sobre mi esguince y sobre convivir con las ausencias». Ayer Inés (Hernand) me escribía «estoy lágrimas», porque ella también está ahí. Cada una tiene su sitio y aún falta un montón de gente. Falta mi amiga Bea Lobo, que se mudó a mi casa para quedarse con mis gatos. Falta un montón de gente, porque esta peña se organizó en un grupo de WhatsApp para solucionarme la vida durante mucho rato y todavía lo hacen. Eso es otra cosa que no para, hay veces que estás un poco más frágil y hay veces que lo notas menos, pero todo el rato estás en un sistema de interdependencia sostenida por una gente.

Igual que te pedían que valorases en una escala de uno a 10 tu dolor, si tuvieses que valorar tu recuperación de 1 a 10, ¿dónde estarías?

Es muy frustrante comunicar tus padecimientos y tus dolores, y la profesión médica lo único que tiene para llegar a saber lo que te pasa es tu relato. Es como una comunicación textual en la que no todo el mundo tiene la capacidad de expresar ni siquiera sus propias sensaciones, y ahí los médicos tienen que ser un poco detectives. Yo hacía metáforas fantásticas, pero hasta que no me abrieron el muñón no vieron lo que me pasaba, por mucha metáfora que yo hiciera. Y ahí estaba todo el mundo pensando qué puñetas era eso. No daban con ello porque era una lesión que estaba superinflamada, que había cicatrizado en una parte sola y que no era fácil que diera la cara la raíz de mi dolor.

Y la recuperación es como el duelo; hay días que estás muy recuperada y hay días que estás muy en recuperación. Yo hay días que tengo que parar un montón, y hay días que tengo que llevar muletas, y hay días que tengo que ir en silla de ruedas, y hay días que no puedo… Lo que se ve desde fuera es solamente la parte menos discapacitada de la persona discapacitada. Mira, me pasa en las colas de los aeropuertos, por ejemplo. Las personas con movilidad reducida nos podemos saltar la cola y tenemos una entrada especial. A mí lo que menos me duele y lo que menos me molesta es caminar rápido. Caminar despacio me destroza, me hace polvo, y en los museos cojo siempre silla de ruedas, la pido prestada, y en las manifestaciones también, o me voy sentando. Pero claro, cuando la gente está haciendo cola en su check-in para embarcar y me ve atravesar la terminal trotando y llegar: ‘Hola, tengo movilidad reducida’. Entonces, me dicen: ‘¿Pero qué vas a tener tú movilidad reducida?’. O sea, a mí lo que no me duele es caminar rápido y lo que sí me duele es estar parada de pie firme. Tenemos muchas preconcepciones sobre lo que es la discapacidad y hay que preguntar, hay que hacer averiguaciones. Todo el mundo da por hecho que a mí lo que me duele es subir escaleras, subir cuestas. Habrá otros amputados que sí, pero a mí lo que me molesta es estar de pie firme, caminar despacio.

Dedicas muchas reflexiones en el libro a tus padres, y especialmente al momento en el que has de contarles lo sucedido. ¿Fue lo más difícil?

Fíjate que ese es el capítulo que más me costó hacer y por el que más me están preguntando. Yo lloraba y lloraba y lloraba escribiendo ese capítulo, y la peña ha llorado y llorado también. Darles un disgusto a tus padres… Imagínate si lo pasas mal cuando les enseñas suspensos, imagínate este suspenso. Pues es que hay una parte de la dependencia y de la enfermedad crónica, de las dolencias que nos acompañan y de la discapacidad, en la que tú también cuidas un poco a los cuidadores. Y la manera de cuidar a los cuidadores, a veces, es estar de buen humor cuando no tienes buen humor o disfrazar lo que te pasa o camuflar el dolor de alguna manera. Y esta es una experiencia común a mucha gente con la que he hablado que tiene discapacidades. 

Bob Pop me dijo: “No le debes buen humor a nadie, no le debes ser simpática a nadie”. No lo entendí hasta que pasó un tiempo y, joder, no podía sostener un ánimo que no se podía sostener. Y con mis padres… Es que claro, los pobres, imagínate el disgusto. Mis padres eran gente mayor, frágil. Mis bebés, vaya. Mi padre, que ya murió, tardó un poquillo más. Mi madre todavía me dice, y fíjate que no se acuerda de nada: “Qué bien hicisteis en decírmelo así, contigo ahí, que si a mí me lo llegas a decir por teléfono, no me lo creo”.

Cuando llegas a Madrid desde Mallorca te van a recibir dos amigos con una pancarta en la que se lee «Bollera, roja y coja”. ¿Qué es lo más difícil, ser bollera, roja o coja?

Ser coja, mucho más que ser lesbiana. Ser lesbiana se está poniendo difícil también, parece ser. Pero claro, como lesbiana, ¡un montón de lesbianas pueden subir bordillos! La ciudad es difícil y la sociedad es difícil si eres lesbiana, si eres roja y si eres coja, de las tres maneras, pero claro, la verdad que la vida a las discapacitadas nos la ponen muy, muy jodida.

Nerea Pérez de las Heras, en una de las fotos de promoción de su libro 'Fantasma'.

 

En su libro ‘Fantasma’, Nerea Pérez de las Heras reflexiona sobre el accidente que le costó una pierna y cómo se ha ido enfrentando a un mundo aún hostil con las personas discapacitadas.Jairo Vargas

¿Qué no imaginabas que iba a ser tan difícil?

No imaginaba que iba a ser tan difícil la burocracia, aunque lo intuía. Es muy largo el proceso para acceder a una prótesis. Gracias a la pelea de asociaciones —y es que, como todo, nada se hace si no hay un movimiento asociativo detrás—, el catálogo de prótesis de la Seguridad Social ahora es mejor, pero las piezas son muy caras. En mi caso, aunque sé que hay otras maneras de acceder a las prótesis con las que no tienes que adelantar el precio, yo he decidido adelantar el dinero de mis recambios y de mis piezas, las pago. Luego eso va a la Comunidad de Madrid con unos sellos, la receta y otros elementos de control, que son completamente lógicos, y casi cerca de un año después veo en mi cuenta el reingreso de parte de ese dinero.

¿Cuánto pueden costar las prótesis?

Están entre 10.000 y 15.000 euros el tipo de prótesis que llevo yo, que es una prótesis tibial, una prótesis transtibial y dura unos años. Tengo una de agua, que se puede mojar, que me he comprado yo como el que se compra un bolso. Si quiero bañarme, tocotó, si quiero correr, tocotó, porque la Seguridad Social no cubre todas las actividades, te da como movimiento básico.

¿Se asume la discapacidad?

Se metaboliza, no se asume del todo. Depende de las distracciones que tengas. O sea, si tenía que hacer una entrega del libro, el haberme quedado coja era la quinta cosa del día porque antes estaban el guion de Saldremos Mejores, pasar una factura que tienes bloqueada desde hace no sé cuánto, limpiar tu casa, comprar el pienso de los gatos, hacer la entrega del capítulo y hacer tu trimestral. Entonces, muchos días, al final de la lista está que te tienes que levantar por la mañana y te tienes que poner una pata de palo. Pero hay otros días, y no sabes cuándo va a llegar ese día, en el que hace ‘pum’ y se pone lo primero y lo que haya antes da igual.

Le dedicas el libro a Ana, a tu mujer, porque os casasteis después del accidente. ¿Cómo ha sido el discurrir de vuestra historia de amor durante todo este proceso? ¿Te ha dado miedo que tu nueva vida arrastrase a Ana o la alejase?

Es que mi nueva vida arrastra a Ana, es que no hay otra. No me da miedo porque la he conocido bien ahí. Nosotras somos una pareja muy enamorada, muy feliz. Me cae muy bien. Me encanta pasar tiempo con ella. Es que es perfecta, altísima, estupenda, superlista… O sea, como que todo es muy guay de convivir con Ana y, encima, ha habido una crisis y he conocido una parte de mi pareja que hay gente que no llega a conocer si no le pasa algo así.

Y el temor a que la gente se aleje, mentiría si dijese que no lo he tenido. Es como una sombra muy grande. Hay mucha oscuridad, hay mucha, mucha, mucha oscuridad. Hay culpabilidad, hay miedo todo el rato, miedo como primitivo. Te sientes indefensa: te sientes indefensa en una ventanilla de cualquier administración, te sientes indefensa por la noche en tu casa y te sientes indefensa si no te cabe la silla de ruedas por un sitio. Y hay muchos sentimientos que son horrorosos y es mentira que lo que no te mata te hace más fuerte. Hay cosas que no te matan y te hacen una baba, y te hacen más miedosa y peor. Y sí, claro que había miedo. El miedo al abandono es un fantasma, incluso teniendo el nivel de privilegio afectivo que tengo, con una familia, una mujer y un entorno alucinante, pues incluso con todo lo bueno que te puede traer la vida, hay miedo. Imagínate la gente que no tiene esa suerte.

¿Qué relación tienes ahora con el mar?

Tengo una relación muy buena con el mar. Fue el contexto, pero nunca me revolvió el mar, no ganó. No ganó la experiencia traumática a una vida entera de pasármelo genial en el agua y así sigue siendo. Y ahora todavía, es que es el sitio al que voy a descansar y a estar a gusto.

¿Y a Karol G le debes el primer baile?

Le debo muchísimo. Muchísimos ejercicios de tonificación que hacía obsesivamente al principio porque tenía prisa por mover el cuerpo. Incluso cuando estaba en el propio hospital, tenía muchas ganas de mover el cuerpo y allí escuché a Karol G. Y también dice cosas, como «Un shot para la pena profunda y seguimos gastando la funda» —letra de la canción Tusa—, que es como «a lo siguiente, amor, no te quedes aquí, venga, venga para arriba». Ojalá le llegara, que está hasta en los agradecimientos. 

Fui a un concierto de ella con Ana y hay un montón de cosas… Esa es la peor parte. Te pasas una primera Navidad, que te das cuenta de todo lo que no puedes hacer en Navidad. Un primer cumpleaños, que te das cuenta de que ya no puedes estar hasta las tantas de la madrugada bailando porque ya no puedes. Un primer verano, en el que te das cuenta de que esta prótesis no se puede mojar, me tengo que comprar otra… Son unos años, un ciclo entero de todas las cosas que hacías. Por ejemplo, ir a Colombia, qué ilusión, pero claro, hay altura, la presión es distinta, el muñón se comporta distinto, el cuerpo está rarísimo, bastón… Hay como un ciclo de vida en la que tú te vas enterando de todas las limitaciones poco a poco, no de golpe. Eso pasa cuando vas viviendo. Yo no sabía si podía ir a un concierto. Y cuando pude ir a un concierto, sentada en grada, obviamente, me levantaba a ratos y a ratos me sentaba, pues fue superemocionante. Lloré un montón, me lo pasé pipa. Tenía una niña como de 8 años al lado que cantaba como si se hubiera divorciado tres veces y que me miraba y me miraba como diciendo: «¿Pero qué le pasa? Qué rara es».

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