Paco Ortega, el escultor de sueños


Un rato antes de grabar su primer disco, el cantautor Paco Ortega (Francisco Ortega Bermejo, Úbeda, Jaén, 1957) conoció al productor y a los músicos que le iban a acompañar. Apenas había tenido tiempo de ensayar y mucho menos de preparar el trabajo. Con los nervios, el cantante se equivocó en una de las letras, pero nadie detuvo la sesión. Ni siquiera él mismo se atrevió a superar su timidez y pronunciar la frase habitual: “Vamos a parar”.

El elepé, titulado La vida tiene solución, apareció a mitad de 1978 en un pequeño sello y estaba lleno de mensajes optimistas que se repetirán a lo largo de su carrera. “Tenía cosas que decir –explica–, pero luego, poco a poco, encontré otras formas de hacerlo”. Tardó casi diez años en conseguir un éxito, pero no se desanimó. Como Sabina, Ruibal y tantos cantautores de la época, se curtió en los locales del Madrid de la movida, desde La Madrágora al Café Manuela.

En alguno de ellos hizo amistad con una muchacha que también intentaba abrirse paso en la música, Isabel Montero. “¿Por qué no quedamos un día y preparamos canciones juntos?, le propuse. Lo hicimos y tuvimos un éxito enorme. El Café Manuela se llenaba, el boca a boca funcionaba muy bien, tanto que se presentaron las multinacionales a proponernos una carrera discográfica. Fíjate si creíamos poco en el dúo, porque pensábamos que iba a ser algo pasajero que duraría un disco o dos, que ni siquiera nos pusimos un nombre artístico, mantuvimos los nuestros. Para un dúo era complicado, nos cambiaban los apellidos, costaba retenerlo, pero al final funcionó muy bien”.

Entre la hiedra, la canción que los hizo populares, recogía el espíritu vitalista de Isabel y Paco: “Era un canto al sol –recuerda– , un paseo por el Parque de María Luisa en Sevilla, a la luz de cada día”. Para sorpresa de ambos, EMI-Hispavox les pone por delante un contrato para editar tres discos. Poco antes habían conseguido el primer premio en un certamen que organizaba la Comunidad de Madrid. También los galardonó el Instituto de la Juventud (INJUVE). Les llovían los contratos.

“Hasta nos propusieron ir a Eurovisión. Nos lo ofrecieron TVE y Ramón Colom dos años consecutivos y dijimos que no. Nos parecía una propuesta muy frívola que no estaba dentro de lo que buscábamos para nuestra carrera. Sin embargo, sí aceptamos representar a TVE en la OTI en Las Vegas con Duérmete mi amor en 1990. La oferta incluía una gira brutal por Hispanoamérica. Tuvimos suerte porque hubo un triple empate y ganamos. Nos quedó un recuerdo bonito”.

Después de tres álbumes, de actuar en la Expo 92 de Sevilla y actuar en Grecia, Paco e Isabel anuncian la disolución del dúo. El contrato con EMI-Hispavox había vencido y sobre la mesa tenían una excelente oferta de Sony, pero a ambos les apetecía reanudar sus carreras como intérpretes. No perderían el contacto ni la buena amistad e, incluso, seguirían colaborando.

“Ella hizo tres discos, uno producido por mí. Yo tuve varios éxitos, quizás el más fuerte Calaíto hasta los huesos, con Warner, que vendió un millón de copias, o Ven acá pa cá, y luego me dediqué más a la producción y a la composición.”

En 1999, siguiendo el consejo de Antonio Carmona y Mariola, su mujer, los cineastas Alfonso Albacete y David Menkes encomiendan a Paco la banda sonora de su película Sobreviviré. Aunque al principio el encargo le desconcierta, tiene claro que la música de la película debe girar alrededor de una melodía central que compone casi de un tirón en cuanto termina de leer el guión y que graban Estrella Morente y Manzanita. Con el primer montaje, termina Sevillanas de la vida, con la voz de Alba Molina, y una docena de temas incidentales. El CD no tarda en abrirse paso en las listas de éxitos hasta convertirse en la banda sonora más vendida del cine español.

A esta seguirán otras como Vida y color, Cleopatra o Canciones de amor en el Lolita’s Club. Casi al mismo tiempo, Ortega, con el recuerdo siempre de la grabación de su primer disco, madura como productor. No quiere ser como aquel ejecutivo al que saludó por primera vez minutos antes de que se encendiera la luz roja en el estudio.

Llegó un momento –me cuenta desde su estudio– en que me di cuenta de que era mejor ser entrenador que jugador, que la vida del primero siempre es más larga y cómoda. No necesito tener un feedback del público, ni la popularidad, ni estar continuamente en los medios de comunicación. He encontrado mi rincón en el estudio de grabación que tengo en mi casa, en el campo. Ser productor te permite dirigir muchas cosas completamente diferentes. El paisaje sonoro cambia porque pasas de estar meses trabajando en una banda sonora a hacer un disco de godspell o flamenco puro, por ejemplo. Es mucho más divertido. Tienes la sensación de ser un escultor de artistas. Diseñas su carrera cuando están hechos, les das forma, les creas un estilo, un discurso, un repertorio y luego ellos siguen ese camino. Ese ha sido el caso de Niña Pastori, Mónica Molina o Diego El Cigala. Es muy hermoso ver que triunfan, que han abierto su vida a un proyecto que concebí yo. Me parece emocionante decir ‘este artista va a tener este estilo, va a cantar este tipo de canciones, con estos arreglos, con esta sónica’ en lugar de tener que estar pendiente de hacer creer a los demás que eres joven o de meter la tripa cuando sales en televisión”.

Desde su cuartel general, en los míticos estudios Musigrama de Madrid, donde han grabado desde 1970 la flor y nata de los artistas españoles, aquel niño que tocaba la guitarra en el recreo en el Colegio del Pilar, disfruta poniendo música a las voces de poetas como Ángel González, o dirigiendo un festival flamenco en su tierra natal, de la que cada vez se siente más próximo. En estos años ha producido más de 400 discos, pero jamás ha olvidado el primero.

“¿Por qué me callaría yo aquella noche, con la de veces que luego he parado una grabación? —se pregunta—. Por fortuna, ha llovido mucho y sin ese primer escalón no habría subido otros. Nunca he querido reeditar aquel álbum, fresco y hermoso. Lo guardo como una reliquia de juventud. En ese momento me llamaba Francisco Ortega, luego lo dejé en Paco. Al final la vida te lleva a un sitio. A mí me trajo hasta aquí y le estoy muy agradecido”.

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