‘Queremos que los jóvenes se movilicen, pero solo los formamos para votar’

‘Queremos que los jóvenes se movilicen, pero solo los formamos para votar’



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Hay problemas que parecen demasiado grandes para nosotros hasta que empiezan a afectar a nuestro día a día. El verano de 2026 ha dejado una sucesión de olas de calor, temperaturas extremas, sequías e incendios que han acercado la crisis climática a la vida cotidiana. Una realidad que debería llevar a los jóvenes a tomar conciencia de que el cambio climático ya forma parte de su presente y que también pueden movilizarse para cambiarlo.Pero para que esa movilización sea posible, primero es necesario saber cómo actuar. Es precisamente lo que defiende la filósofa y profesora de la Universidad de Rouen Irène Pereira, especialista en educación para la justicia ambiental, que apuesta por una educación capaz de dar a los jóvenes las herramientas necesarias para comprender la crisis climática y participar activamente en su transformación.Para Pereira, la educación ambiental no debería limitarse a enseñar pequeños gestos cotidianos, sino también a explicar las desigualdades que existen detrás de la crisis climática y las distintas formas de participar en su solución. “Queremos que los jóvenes se movilicen, pero solo los formamos para votar”, señala la filósofa en declaraciones recogidas por Le Monde, que reclama una formación que les permita comprender sus derechos y convertirse en ciudadanos capaces de actuar ante los problemas que afectan a su futuro.

 

Personas con los puños en alto en una manifestación en la ciudad.Getty Images

Más allá de los «ecogestos»Pereira advierte que hablar de una “catástrofe” como algo inevitable puede tener un efecto contraproducente. Aunque determinados fenómenos climáticos ya sean visibles, presentar el peor escenario como algo decidido puede generar una sensación de impotencia. La investigadora considera que la conciencia sobre la gravedad de la crisis debería servir precisamente para impulsar la acción y no para asumir que ya no existe margen de cambio.Además, Pereira critica que la educación ambiental se concentre demasiado en los llamados “ecogestos”, como reciclar, consumir menos o modificar determinados hábitos personales. Para la investigadora, estas acciones pueden ser positivas, pero corren el riesgo de trasladar toda la responsabilidad al individuo y dejar en segundo plano el papel de las infraestructuras, las industrias y los modelos de producción. Su propuesta consiste en enseñar a los jóvenes a comprender también esa dimensión estructural de la crisis.
“Abogo no solo por un mejor acceso al conocimiento sobre los desafíos climáticos, sino también por el respeto de los derechos de estos jóvenes cuando intentan actuar”, explica la filósofa. “No podemos esperar que los jóvenes se movilicen en torno a temas sobre los que no han recibido formación”, concluye, reivindicando una educación que no solo prepare a las nuevas generaciones para entender el mundo, sino también para participar activamente en su transformación.

Hay problemas que parecen demasiado grandes para nosotros hasta que empiezan a afectar a nuestro día a día. El verano de 2026 ha dejado una sucesión de olas de calor, temperaturas extremas, sequías e incendios que han acercado la crisis climática a la vida cotidiana. Una realidad que debería llevar a los jóvenes a tomar conciencia de que el cambio climático ya forma parte de su presente y que también pueden movilizarse para cambiarlo.

Pero para que esa movilización sea posible, primero es necesario saber cómo actuar. Es precisamente lo que defiende la filósofa y profesora de la Universidad de Rouen Irène Pereira, especialista en educación para la justicia ambiental, que apuesta por una educación capaz de dar a los jóvenes las herramientas necesarias para comprender la crisis climática y participar activamente en su transformación.

Para Pereira, la educación ambiental no debería limitarse a enseñar pequeños gestos cotidianos, sino también a explicar las desigualdades que existen detrás de la crisis climática y las distintas formas de participar en su solución. “Queremos que los jóvenes se movilicen, pero solo los formamos para votar”, señala la filósofa en declaraciones recogidas por Le Monde, que reclama una formación que les permita comprender sus derechos y convertirse en ciudadanos capaces de actuar ante los problemas que afectan a su futuro.

Personas con los puños en alto en una manifestación en la ciudad

 

Personas con los puños en alto en una manifestación en la ciudad.Getty Images

Más allá de los «ecogestos»

Pereira advierte que hablar de una “catástrofe” como algo inevitable puede tener un efecto contraproducente. Aunque determinados fenómenos climáticos ya sean visibles, presentar el peor escenario como algo decidido puede generar una sensación de impotencia. La investigadora considera que la conciencia sobre la gravedad de la crisis debería servir precisamente para impulsar la acción y no para asumir que ya no existe margen de cambio.

Además, Pereira critica que la educación ambiental se concentre demasiado en los llamados “ecogestos”, como reciclar, consumir menos o modificar determinados hábitos personales. Para la investigadora, estas acciones pueden ser positivas, pero corren el riesgo de trasladar toda la responsabilidad al individuo y dejar en segundo plano el papel de las infraestructuras, las industrias y los modelos de producción. Su propuesta consiste en enseñar a los jóvenes a comprender también esa dimensión estructural de la crisis.

“Abogo no solo por un mejor acceso al conocimiento sobre los desafíos climáticos, sino también por el respeto de los derechos de estos jóvenes cuando intentan actuar”, explica la filósofa. “No podemos esperar que los jóvenes se movilicen en torno a temas sobre los que no han recibido formación”, concluye, reivindicando una educación que no solo prepare a las nuevas generaciones para entender el mundo, sino también para participar activamente en su transformación.

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