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La mañana del 11 de septiembre de 2001, William José Jimeno salió de casa feliz. Sentía que estaba cumpliendo su sueño americano. Nacido en Barranquilla (Colombia) e inmigrante en la ciudad de Nueva York desde su infancia, había servido en la Marina estadounidense antes de ingresar en la policía. Apenas nueve meses atrás, en enero, se había graduado como agente de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey (PAPD) en una ceremonia oficial celebrada en el hotel Marriott, parte del complejo de las Torres Gemelas. Sólo seis semanas antes, se había mudado a su nueva casa en Clifton (Nueva Jersey), junto a su esposa Allison y su pequeña hija Bianca, de cuatro años. La familia esperaba la llegada de su segunda niña, en dos meses apenas.Aquel día, Jimeno, de 33 años, estaba de servicio en la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria, en el centro de Manhattan. Minutos antes de las 8:45 de la mañana, mientras permanecía bajo un toldo en la intersección de la calle 42 con la Octava Avenida junto a varios colegas, observó una sombra oscura que cubrió súbitamente el cruce, como un eclipse imprevisto. Era el Boeing 767 del vuelo 11 de American Airlines, instantes antes de estrellarse contra la Torre Norte del World Trade Center (WTC).Tras sonar los avisos de emergencia en las emisoras de radio, una veintena de oficiales de la Autoridad Portuaria subió a un autobús requisado bajo las órdenes del sargento John McLoughlin para trasladarse de urgencia al lugar de los hechos. Uno de los primeros grupos de voluntarios para atender lo que aún nadie sabía qué era. Al apearse en el complejo, el panorama evocaba un escenario bélico. «Parecía el Armagedón, una zona de guerra. Había papeles flotando por todas partes. Era bien horrible ver las torres en fuego», relata Jimeno en conversación telefónica con El HuffPost, mientras viaja a su casa de Chester (Pensilvania) desde Nebraska. Regresa de explicar su experiencia a un grupo de escolares, ahora que se cumplen 25 años del atentado múltiple de Al Qaeda, este viernes. Murieron 2.977 personas entre Nueva York, Arlington y Shanksville.
«Parecía el Armagedón, una zona de guerra. Había papeles flotando por todas partes. Era bien horrible ver las torres en fuego»El sargento McLoughlin solicitó voluntarios para entrar a los edificios y participar en las maniobras de auxilio. Jimeno y dos de sus compañeros de promoción de la academia, Dominick Pezzulo y Antonio Rodrigues, dieron un paso al frente. Ya dentro, se les unió el agente Christopher Amoroso, que ya había rescatado a cuatro personas esa mañana y volvía a la boca del lobo para continuar con las evacuaciones. «Nosotros estábamos entrenados no sólo como policías, sino también como bomberos, nos destinaban a los aeropuertos o a los túneles, así que fuimos los primeros en llegar a ayudar a la gente», detalla.Equipados con cascos y equipos autónomos de respiración, el pequeño grupo avanzó por la galería comercial subterránea en dirección a la primera torre. «Entonces no sabíamos que la segunda ya había sido golpeada», explica. Durante ese trayecto subterráneo, Jimeno observó cómo decenas de civiles salían en fila, «ordenados y colaborando» entre sí. Entre ellos, vio a dos hombres transportando juntos en andas a una mujer herida. Un blanco y un negro. Aquella muestra de solidaridad civil, todos a una, lo conmovió y reforzó su determinación: si los ciudadanos comunes mostraban ese valor, los uniformados debían estar a la altura de sus vecinos. El derrumbe, el horrorEl avance del destacamento se detuvo bruscamente cuando un estruendo sacudió la infraestructura: la Torre Sur comenzaba a colapsar sobre ellos. McLoughlin, al mando, gritó al grupo que corriera a resguardarse hacia el hueco de un montacargas. La masa de escombros descendió como una mole imparable que Jimeno compara con el ruido de «un millón de trenes precipitándose al vacío». Los agentes Rodrigues y Amoroso murieron aplastados durante ese derrumbe inicial. «Los demás, quedamos peleando por nuestras vidas», indica con una emoción que no gastan los lustros. Jimeno quedó atrapado boca arriba en una pequeña cavidad situada a unos 10 metros bajo la superficie de los escombros, con todo el costado izquierdo inmovilizado por un pesado fragmento de muro. Cerca, yacía también atrapado McLoughlin, en posición fetal, mientras que Pezzulo logró soltarse entre los ripios y barras e intentó afanosamente desenterrar a Jimeno.Unos 30 minutos después, se produjo el desplome de la Torre Norte, provocando una segunda avalancha de restos, complicando las cosas. El nuevo impacto aplastó a Pezzulo, dejándolo mortalmente herido en mitad de los intentos de salvar a su compañero. En sus últimos momentos de vida, aún extrajo su pistola reglamentaria y disparó un cartucho hacia una pequeña apertura superior, en un intento de pedir ayuda. Con el paso de las horas, el fuego y las brasas que caían dentro del hueco, «como bolas», calentaron el suelo de la ya caverna hasta hacer detonar de forma accidental los 15 proyectiles que aún quedaban en el cargador del arma, silbando por encima de la cabeza de Jimeno. «Fueron 15 disparos, uno tras otro, en mitad de aquel infierno».»Era difícil. Al principio, sólo pensaba en salir del hoyo donde estuvimos enterrados. Y cuando se cayó la segunda torre y le cogió la vida a mi compañero Pezzulo… empezó un proceso largo de sufrimiento, tratando de sobrevivir por muchas, muchas horas», recuerda. «Sufrimos mucho, rezamos mucho. La noche ya estaba llegando y yo me quería morir, así que hice mi paz con Dios. Soy creyente, así que le dije: ‘Dios, por favor, gracias por estos 33 años, por los seis años con mi esposa, por los cuatro años con mi niña Bianca’. Y le pedí dos favores: ‘Dios, cuando yo llegue al cielo -porque pensé que todo el mundo iba a ir al cielo ese día, porque atacaron a gente inocente-, que por favor me deje ver a mi hija nacer’, porque mi mujer estaba embarazada de siete meses. La segunda cosa que le pedí, y que hasta puede servir de burla para algunos, es que le dije: ‘Cuando llegue al cielo, por favor, dame agua’, porque tenía tanta tanta sed… Estuvimos en puro cemento», recuerda.
«Sufrimos mucho, rezamos mucho. La noche ya estaba llegando y yo me quería morir, así que hice mi paz con Dios»Durante horas de dolor físico y asfixia, Jimeno y McLoughlin, agente y sargento, mantuvieron la consciencia y estuvieron conversando sobre sus vidas, sus familias y sus temores más íntimos. Creyendo cercano su final, Jimeno le pidió a McLoughlin que utilizara la radio policial para dejar grabado un mensaje póstumo para su esposa: si no lograba sobrevivir, deseaba que su futura hija recibiera el nombre de Olivia. El que hoy luce.En mitad de la espera, también vivió lo que califica de «visión» o «sueño» que relaciona con Jesús. «Vi a una persona caminando para mí y no tenía cara, pero sí el pelo marrón y un traje blanco, bien blanco. ¿Y qué tenía en su mano? Una botella de agua. Me desperté de ese sueño con un fuego para pelear, no quería rendirme. Mi fe era la cosa más grande. Siendo colombiano, siendo católico, esa fe es algo que mi familia siempre me enseñó. Yo creo en Dios y eso me ayudó a sobrevivir hasta que nos encontraron esa noche. Así que el 11-S es el día en que quise morirme con todas mis fuerzas y el día que salí a la vida con más ganas que nunca», reivindica. El operativo en el infierno y el despertar de la realidadMás de ocho horas después de haber quedado sepultados, los gritos de auxilio de ambos policías lograron ser escuchados por dos reservistas de los Marines, los sargentos Jason Thomas y Dave Karnes, que, acompañados de un civil, rastreaban la montaña de restos en busca de supervivientes. Alertado el dispositivo de rescate, un destacamento de la Unidad de Servicios de Emergencia (ESU) de la Policía de Nueva York (NYPD), coordinado por el detective Scott Strauss, descendió a la cavidad. Todo era extremadamente peligroso. Los equipos trabajaron durante tres extenuantes horas con herramientas manuales para cortar las ataduras y liberar el cuerpo aprisionado de Jimeno.Eran cerca de las 23:00 horas de aquel 11 de septiembre interminable cuando los rescatistas consiguieron sacar al agente a la superficie, completando un calvario de 13 horas enterrado vivo, apenas un pulso lento y un anhelo en la oscuridad. McLoughlin sería evacuado con vida varias horas más tarde. Son las dos últimas personas rescatadas con vida de aquel magma de cemento, hierro, cristal y cuerpos de neoyorquinos.Al salir de la que parecía ya su fosa y contemplar la explanada arrasada, uno de los puntos más reconocibles de la ciudad, Jimeno miró a un bombero y le preguntó, incrédulo: «¿Pero dónde está todo?». El rescatista le contestó con cuatro palabras secas: «Se ha ido todo, chico». En ese instante, rompió a llorar por primera vez en toda la jornada, sobrecogido por la sensación de no haber podido salvar a quienes estaban en los niveles subterráneos.
«Se ha ido todo, chico»
Imagen nocturna de la Zona Cero -donde alguna vez se alzó el World Trade Center de Nueva York- tomada el 12 de septiembre de 2001.Aaron Lee Fineman / Getty Images
Cicatrices en el cuerpo y en la menteEl oficial fue trasladado al Hospital Bellevue de Manhattan, donde fue sometido a intervenciones quirúrgicas complejas y a una prolongada recuperación. Sí, sobrevivió, pero su pierna izquierda quedó marcada para siempre con una herida que le obliga a llevar un soporte y una media ortopédica de compresión.Aun así, el 11 de junio de 2002, Jimeno acudió cojeando al Madison Square Garden para recibir la Medalla de Honor de la Autoridad Portuaria junto a McLoughlin, quien subió al estrado apoyado en un andador. Debido a la gravedad de sus lesiones físicas, eso sí, tuvo que abandonar formalmente el servicio activo en el cuerpo policial en el año 2004. «Mi pierna no anda bien, pero hay gente siempre que lo tiene peor que yo», es la manera en la que, de un plumazo, habla ahora de su bienestar corporal. A las secuelas físicas se sumaron las mentales, el trastorno de estrés postraumático (TEPT). El propio exagente ha relatado que tardó más de tres años en desprenderse de episodios de ira incontenible, cuadros de frustración por haber sobrevivido cuando no lo habían hecho sus amigos y recurrentes pensamientos suicidas. «Mentalmente me tomó muchos años llegar a un nivel donde podía disfrutar la vida. Estaba bravo por lo que le pasó a nuestro país, a nuestros compañeros de mi departamento, a mi familia, a mí… Pero hice lo que tenía que hacer para ser buen padre y buen esposo: fui y hablé con gente hasta que encontré una persona que me ayudó a entender que la tragedia es una cosa de la que nunca me voy a curar, pero con la que tengo que vivir. Y ese es un consejo que le doy a todo el mundo: tienes que aprender cómo vivir con eso y no regresar a cosas oscuras», recomienda.
«La tragedia es una cosa de la que nunca me voy a curar, pero con la que tengo que vivir»Convertir la herida en pedagogíaEsa es la base de su vida actual. Reinstalado con su familia en Pensilvania, Jimeno ha convertido su experiencia en una plataforma de concienciación sobre la resiliencia y el valor del socorro colectivo. Ayudar, superar. Su vivencia bajo los escombros junto al sargento McLoughlin inspiró la trama central de la película World Trade Center (2006), dirigida por el mítico cineasta Oliver Stone, donde el actor Michael Peña asumió su papel. En 2008, participó en el concurso televisivo Deal or No Deal, obteniendo un premio de 271.000 dólares. Su pelea es la memoria y la dignidad de las víctimas.
Los policías William Jimeno y John McLoughlin, la actriz Maria Bello y el director de cine Oliver Stone en el Festival de cine de Venecia, presentando ‘World Trade Center’ en 2006.George Pimentel / WireImage / Getty Images
En 2021, con motivo del vigésimo aniversario de la tragedia, Jimeno publicó dos libros sobre su trayectoria: Sunrise Through the Darkness: A Survivor’s Account of Learning to Live Again Beyond 9/11, a modo de testimonio, y un volumen pedagógico e infantil titulado Immigrant, American, Survivor: A Little Boy Who Grew Up To Be All Three, que se remonta incluso a su nacimiento en Colombia. Hoy en día, dedica gran parte de su labor a intervenir en ciclos y seminarios educativos organizados por el Museo Memorial del 11-S para compartir sus vivencias con estudiantes y docentes de todo el país. «Ahora, 25 años después, sólo pretendo ser un ejemplo para mucha gente de que si tú estás en una posición mala, tú también puedes sobrevivir», repite varias veces durante la entrevista. Su insistencia se concentra en recordar que, incluso en el episodio más aciago, la mayor fuerza desplegada no provino de la destrucción, sino de la «entrega mutua» de quienes estuvieron dispuestos a dar la vida por los demás en un cálido día de septiembre.
«Si no sacas la luz de una tragedia, es nada más una tragedia, pero la verdad es que el 11 de septiembre mostró lo mejor de la gente de todo el mundo»»Si no sacas la luz de una tragedia, es nada más una tragedia, pero la verdad es que el 11 de septiembre mostró lo mejor de la gente de todo el mundo. Y yo voy a coger esa otra calle. No miro las cosas malas de ese día, sino que voy a hablar con niños, a darles el mensaje de que en ese día miramos lo peor de los humanos, pero al mismo día miramos lo mejor de nosotros como gente del mismo planeta, no sólo como norteamericanos, porque ayudaron todos, como ayudaron en España en los atentados de los trenes», defiende. «Algunas veces se ven las noticias y sé que se piensa que el mundo se está destruyendo, pero no, tengamos fe y optimismo», remarca. ¿Cree que, tras los años pasados, el mundo es más seguro hoy? «Pienso que sí, porque hay más atención mirando a la gente que hace cosas malas, estamos más atentos a ellos, atacando a la gente que tiene mala intención. Yo tengo confianza aquí en los Estados Unidos con nuestros departamentos de policía, del FBI o de la CIA. El mundo no es perfecto, pero los días que tú te levantes aún tienes que estar mirando lo positivo y disfrutando la vida. No tenemos tantos días como todo el mundo piensa». Aviso a navegantes.
Cuando llegan los aniversarios, como el de hoy, prefiere eludirlos, eso sí. Es complicado. Al principio, cada 11-S iba a desayunar con su sargento, a festejar la vida, pero ahora viven más lejos y no es posible. «Paso el día tranquilo, no miro una noticia, no prendo la televisión. Hago lo que yo creo que Dios quiere que haga: disfrutar mi vida con mi familia, rezar por mis compañeros que murieron ese día y seguir adelante. Soy sólo una voz que sobrevivió aceptando lecciones positivas», concluye.
La mañana del 11 de septiembre de 2001, William José Jimeno salió de casa feliz. Sentía que estaba cumpliendo su sueño americano. Nacido en Barranquilla (Colombia) e inmigrante en la ciudad de Nueva York desde su infancia, había servido en la Marina estadounidense antes de ingresar en la policía. Apenas nueve meses atrás, en enero, se había graduado como agente de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey (PAPD) en una ceremonia oficial celebrada en el hotel Marriott, parte del complejo de las Torres Gemelas. Sólo seis semanas antes, se había mudado a su nueva casa en Clifton (Nueva Jersey), junto a su esposa Allison y su pequeña hija Bianca, de cuatro años. La familia esperaba la llegada de su segunda niña, en dos meses apenas.
Aquel día, Jimeno, de 33 años, estaba de servicio en la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria, en el centro de Manhattan. Minutos antes de las 8:45 de la mañana, mientras permanecía bajo un toldo en la intersección de la calle 42 con la Octava Avenida junto a varios colegas, observó una sombra oscura que cubrió súbitamente el cruce, como un eclipse imprevisto. Era el Boeing 767 del vuelo 11 de American Airlines, instantes antes de estrellarse contra la Torre Norte del World Trade Center (WTC).
Tras sonar los avisos de emergencia en las emisoras de radio, una veintena de oficiales de la Autoridad Portuaria subió a un autobús requisado bajo las órdenes del sargento John McLoughlin para trasladarse de urgencia al lugar de los hechos. Uno de los primeros grupos de voluntarios para atender lo que aún nadie sabía qué era. Al apearse en el complejo, el panorama evocaba un escenario bélico. «Parecía el Armagedón, una zona de guerra. Había papeles flotando por todas partes. Era bien horrible ver las torres en fuego», relata Jimeno en conversación telefónica con El HuffPost, mientras viaja a su casa de Chester (Pensilvania) desde Nebraska. Regresa de explicar su experiencia a un grupo de escolares, ahora que se cumplen 25 años del atentado múltiple de Al Qaeda, este viernes. Murieron 2.977 personas entre Nueva York, Arlington y Shanksville.
«Parecía el Armagedón, una zona de guerra. Había papeles flotando por todas partes. Era bien horrible ver las torres en fuego»
El sargento McLoughlin solicitó voluntarios para entrar a los edificios y participar en las maniobras de auxilio. Jimeno y dos de sus compañeros de promoción de la academia, Dominick Pezzulo y Antonio Rodrigues, dieron un paso al frente. Ya dentro, se les unió el agente Christopher Amoroso, que ya había rescatado a cuatro personas esa mañana y volvía a la boca del lobo para continuar con las evacuaciones. «Nosotros estábamos entrenados no sólo como policías, sino también como bomberos, nos destinaban a los aeropuertos o a los túneles, así que fuimos los primeros en llegar a ayudar a la gente», detalla.
Equipados con cascos y equipos autónomos de respiración, el pequeño grupo avanzó por la galería comercial subterránea en dirección a la primera torre. «Entonces no sabíamos que la segunda ya había sido golpeada«, explica. Durante ese trayecto subterráneo, Jimeno observó cómo decenas de civiles salían en fila, «ordenados y colaborando» entre sí. Entre ellos, vio a dos hombres transportando juntos en andas a una mujer herida. Un blanco y un negro. Aquella muestra de solidaridad civil, todos a una, lo conmovió y reforzó su determinación: si los ciudadanos comunes mostraban ese valor, los uniformados debían estar a la altura de sus vecinos.
El derrumbe, el horror
El avance del destacamento se detuvo bruscamente cuando un estruendo sacudió la infraestructura: la Torre Sur comenzaba a colapsar sobre ellos. McLoughlin, al mando, gritó al grupo que corriera a resguardarse hacia el hueco de un montacargas. La masa de escombros descendió como una mole imparable que Jimeno compara con el ruido de «un millón de trenes precipitándose al vacío». Los agentes Rodrigues y Amoroso murieron aplastados durante ese derrumbe inicial. «Los demás, quedamos peleando por nuestras vidas», indica con una emoción que no gastan los lustros.
Jimeno quedó atrapado boca arriba en una pequeña cavidad situada a unos 10 metros bajo la superficie de los escombros, con todo el costado izquierdo inmovilizado por un pesado fragmento de muro. Cerca, yacía también atrapado McLoughlin, en posición fetal, mientras que Pezzulo logró soltarse entre los ripios y barras e intentó afanosamente desenterrar a Jimeno.
Unos 30 minutos después, se produjo el desplome de la Torre Norte, provocando una segunda avalancha de restos, complicando las cosas. El nuevo impacto aplastó a Pezzulo, dejándolo mortalmente herido en mitad de los intentos de salvar a su compañero. En sus últimos momentos de vida, aún extrajo su pistola reglamentaria y disparó un cartucho hacia una pequeña apertura superior, en un intento de pedir ayuda. Con el paso de las horas, el fuego y las brasas que caían dentro del hueco, «como bolas», calentaron el suelo de la ya caverna hasta hacer detonar de forma accidental los 15 proyectiles que aún quedaban en el cargador del arma, silbando por encima de la cabeza de Jimeno. «Fueron 15 disparos, uno tras otro, en mitad de aquel infierno».
«Era difícil. Al principio, sólo pensaba en salir del hoyo donde estuvimos enterrados. Y cuando se cayó la segunda torre y le cogió la vida a mi compañero Pezzulo… empezó un proceso largo de sufrimiento, tratando de sobrevivir por muchas, muchas horas», recuerda. «Sufrimos mucho, rezamos mucho. La noche ya estaba llegando y yo me quería morir, así que hice mi paz con Dios. Soy creyente, así que le dije: ‘Dios, por favor, gracias por estos 33 años, por los seis años con mi esposa, por los cuatro años con mi niña Bianca’. Y le pedí dos favores: ‘Dios, cuando yo llegue al cielo -porque pensé que todo el mundo iba a ir al cielo ese día, porque atacaron a gente inocente-, que por favor me deje ver a mi hija nacer‘, porque mi mujer estaba embarazada de siete meses. La segunda cosa que le pedí, y que hasta puede servir de burla para algunos, es que le dije: ‘Cuando llegue al cielo, por favor, dame agua‘, porque tenía tanta tanta sed… Estuvimos en puro cemento», recuerda.
«Sufrimos mucho, rezamos mucho. La noche ya estaba llegando y yo me quería morir, así que hice mi paz con Dios»
Durante horas de dolor físico y asfixia, Jimeno y McLoughlin, agente y sargento, mantuvieron la consciencia y estuvieron conversando sobre sus vidas, sus familias y sus temores más íntimos. Creyendo cercano su final, Jimeno le pidió a McLoughlin que utilizara la radio policial para dejar grabado un mensaje póstumo para su esposa: si no lograba sobrevivir, deseaba que su futura hija recibiera el nombre de Olivia. El que hoy luce.
En mitad de la espera, también vivió lo que califica de «visión» o «sueño» que relaciona con Jesús. «Vi a una persona caminando para mí y no tenía cara, pero sí el pelo marrón y un traje blanco, bien blanco. ¿Y qué tenía en su mano? Una botella de agua. Me desperté de ese sueño con un fuego para pelear, no quería rendirme. Mi fe era la cosa más grande. Siendo colombiano, siendo católico, esa fe es algo que mi familia siempre me enseñó. Yo creo en Dios y eso me ayudó a sobrevivir hasta que nos encontraron esa noche. Así que el 11-S es el día en que quise morirme con todas mis fuerzas y el día que salí a la vida con más ganas que nunca«, reivindica.
El operativo en el infierno y el despertar de la realidad
Más de ocho horas después de haber quedado sepultados, los gritos de auxilio de ambos policías lograron ser escuchados por dos reservistas de los Marines, los sargentos Jason Thomas y Dave Karnes, que, acompañados de un civil, rastreaban la montaña de restos en busca de supervivientes. Alertado el dispositivo de rescate, un destacamento de la Unidad de Servicios de Emergencia (ESU) de la Policía de Nueva York (NYPD), coordinado por el detective Scott Strauss, descendió a la cavidad. Todo era extremadamente peligroso. Los equipos trabajaron durante tres extenuantes horas con herramientas manuales para cortar las ataduras y liberar el cuerpo aprisionado de Jimeno.
Eran cerca de las 23:00 horas de aquel 11 de septiembre interminable cuando los rescatistas consiguieron sacar al agente a la superficie, completando un calvario de 13 horas enterrado vivo, apenas un pulso lento y un anhelo en la oscuridad. McLoughlin sería evacuado con vida varias horas más tarde. Son las dos últimas personas rescatadas con vida de aquel magma de cemento, hierro, cristal y cuerpos de neoyorquinos.
Al salir de la que parecía ya su fosa y contemplar la explanada arrasada, uno de los puntos más reconocibles de la ciudad, Jimeno miró a un bombero y le preguntó, incrédulo: «¿Pero dónde está todo?«. El rescatista le contestó con cuatro palabras secas: «Se ha ido todo, chico«. En ese instante, rompió a llorar por primera vez en toda la jornada, sobrecogido por la sensación de no haber podido salvar a quienes estaban en los niveles subterráneos.
«Se ha ido todo, chico»

Imagen nocturna de la Zona Cero -donde alguna vez se alzó el World Trade Center de Nueva York- tomada el 12 de septiembre de 2001.
Cicatrices en el cuerpo y en la mente
El oficial fue trasladado al Hospital Bellevue de Manhattan, donde fue sometido a intervenciones quirúrgicas complejas y a una prolongada recuperación. Sí, sobrevivió, pero su pierna izquierda quedó marcada para siempre con una herida que le obliga a llevar un soporte y una media ortopédica de compresión.
Aun así, el 11 de junio de 2002, Jimeno acudió cojeando al Madison Square Garden para recibir la Medalla de Honor de la Autoridad Portuaria junto a McLoughlin, quien subió al estrado apoyado en un andador. Debido a la gravedad de sus lesiones físicas, eso sí, tuvo que abandonar formalmente el servicio activo en el cuerpo policial en el año 2004. «Mi pierna no anda bien, pero hay gente siempre que lo tiene peor que yo«, es la manera en la que, de un plumazo, habla ahora de su bienestar corporal.
A las secuelas físicas se sumaron las mentales, el trastorno de estrés postraumático (TEPT). El propio exagente ha relatado que tardó más de tres años en desprenderse de episodios de ira incontenible, cuadros de frustración por haber sobrevivido cuando no lo habían hecho sus amigos y recurrentes pensamientos suicidas. «Mentalmente me tomó muchos años llegar a un nivel donde podía disfrutar la vida. Estaba bravo por lo que le pasó a nuestro país, a nuestros compañeros de mi departamento, a mi familia, a mí… Pero hice lo que tenía que hacer para ser buen padre y buen esposo: fui y hablé con gente hasta que encontré una persona que me ayudó a entender que la tragedia es una cosa de la que nunca me voy a curar, pero con la que tengo que vivir. Y ese es un consejo que le doy a todo el mundo: tienes que aprender cómo vivir con eso y no regresar a cosas oscuras», recomienda.
«La tragedia es una cosa de la que nunca me voy a curar, pero con la que tengo que vivir»
Convertir la herida en pedagogía
Esa es la base de su vida actual. Reinstalado con su familia en Pensilvania, Jimeno ha convertido su experiencia en una plataforma de concienciación sobre la resiliencia y el valor del socorro colectivo. Ayudar, superar. Su vivencia bajo los escombros junto al sargento McLoughlin inspiró la trama central de la película World Trade Center (2006), dirigida por el mítico cineasta Oliver Stone, donde el actor Michael Peña asumió su papel. En 2008, participó en el concurso televisivo Deal or No Deal, obteniendo un premio de 271.000 dólares. Su pelea es la memoria y la dignidad de las víctimas.

Los policías William Jimeno y John McLoughlin, la actriz Maria Bello y el director de cine Oliver Stone en el Festival de cine de Venecia, presentando ‘World Trade Center’ en 2006.
En 2021, con motivo del vigésimo aniversario de la tragedia, Jimeno publicó dos libros sobre su trayectoria: Sunrise Through the Darkness: A Survivor’s Account of Learning to Live Again Beyond 9/11, a modo de testimonio, y un volumen pedagógico e infantil titulado Immigrant, American, Survivor: A Little Boy Who Grew Up To Be All Three, que se remonta incluso a su nacimiento en Colombia.
Hoy en día, dedica gran parte de su labor a intervenir en ciclos y seminarios educativos organizados por el Museo Memorial del 11-S para compartir sus vivencias con estudiantes y docentes de todo el país. «Ahora, 25 años después, sólo pretendo ser un ejemplo para mucha gente de que si tú estás en una posición mala, tú también puedes sobrevivir«, repite varias veces durante la entrevista. Su insistencia se concentra en recordar que, incluso en el episodio más aciago, la mayor fuerza desplegada no provino de la destrucción, sino de la «entrega mutua» de quienes estuvieron dispuestos a dar la vida por los demás en un cálido día de septiembre.
«Si no sacas la luz de una tragedia, es nada más una tragedia, pero la verdad es que el 11 de septiembre mostró lo mejor de la gente de todo el mundo»
«Si no sacas la luz de una tragedia, es nada más una tragedia, pero la verdad es que el 11 de septiembre mostró lo mejor de la gente de todo el mundo. Y yo voy a coger esa otra calle. No miro las cosas malas de ese día, sino que voy a hablar con niños, a darles el mensaje de que en ese día miramos lo peor de los humanos, pero al mismo día miramos lo mejor de nosotros como gente del mismo planeta, no sólo como norteamericanos, porque ayudaron todos, como ayudaron en España en los atentados de los trenes», defiende. «Algunas veces se ven las noticias y sé que se piensa que el mundo se está destruyendo, pero no, tengamos fe y optimismo«, remarca.
¿Cree que, tras los años pasados, el mundo es más seguro hoy? «Pienso que sí, porque hay más atención mirando a la gente que hace cosas malas, estamos más atentos a ellos, atacando a la gente que tiene mala intención. Yo tengo confianza aquí en los Estados Unidos con nuestros departamentos de policía, del FBI o de la CIA. El mundo no es perfecto, pero los días que tú te levantes aún tienes que estar mirando lo positivo y disfrutando la vida. No tenemos tantos días como todo el mundo piensa». Aviso a navegantes.
Cuando llegan los aniversarios, como el de hoy, prefiere eludirlos, eso sí. Es complicado. Al principio, cada 11-S iba a desayunar con su sargento, a festejar la vida, pero ahora viven más lejos y no es posible. «Paso el día tranquilo, no miro una noticia, no prendo la televisión. Hago lo que yo creo que Dios quiere que haga: disfrutar mi vida con mi familia, rezar por mis compañeros que murieron ese día y seguir adelante. Soy sólo una voz que sobrevivió aceptando lecciones positivas», concluye.